ENTRE las cosas más difíciles de predecir ocupa un primerísimo lugar el futuro. Nadie sabe a ciencia cierta el contenido de los calendarios venideros. Ni siquiera se sabe si seguirán editándose, desde que es posible que un bombazo atómico se los lleve por delante, con todos sus números y todo su santoral. Hace años, los futurólogos más solventes auguraron que a principios de este siglo habría en las sempiternas noches lunas artificiales, aptas para gastarle los hombros a los poetas. También nos contaron que existiría el vuelo individual y que las ciudades estarían climatizadas. Nada de eso ha llegado y a algunos se nos está acabando el plazo para esperarlo. Ahora me aseguran que en el futuro la vida humana será de 100 años, que hablarán los animales y que podremos cambiar impresiones con los marcianos.
También nos prometen que para el año 2012 entrará en vigor el Protocolo de Kioto 2. En Nairobi, los países más ricos han acordado reducir un 50% sus emisiones de gases de efecto invernadero. ¿Desde cuándo los países ricos o las personas ricas han hecho algo por los demás? Sólo cuando temen ser invadidos, en el primer caso, o que les metan las manos en el plato, en el segundo. De momento el Kioto 2, que será como la película 'El Padrino' y tendrá varias continuaciones a pesar de no haber tenido éxito en sus primera entrega, se ha aplazado. No se precisa su fecha, pero el objetivo es reducir los venenos respirables, mucho más perjudiciales que el humo de los cigarrillos, en un 50%.
O sea, dejarlo en la mitad. Los arúspices no tienen prisa, aunque la cosa sea urgente. «Siempre mañana y nunca mañanamos», que dijo Lope de Vega, que nunca se dio cuenta de que respiraba un aire purísimo, llegado de la cumbre del Guadarrama celeste y blanca y no de la Cumbre del Clima.