Comparten 30.000 metros cuadrados con representaciones de casonas rurales, casas campesinas, molinos, llagares, gaitas y boleras. Pero por conocimiento popular, estructura e historia, ellos constituyen el reclamo del Museo Etnográfico del Pueblo de Asturias. Son las estrellas de una película sin celuloide que trata de concentrar la historia popular del Principado entre cuatro paredes abiertas. Tres hórreos y dos paneras, todas representativas de la zona central de Asturias entre los siglos XVII y XIX, conforman el patrimonio público de la construcción asturiana por excelencia y cada uno de ellos aporta su particularidad, arrostrada fundamentalmente del tiempo en que fue construida.
De todos, hórreos y paneras, sólo uno, el hórreo número tres, posiblemente el menos brillante de los cinco, ha sido seleccionado para convertirse en el patrón, el modelo que sirva para marcar los parámetros representativos, constructivos y definitorios de lo que ha de ser un hórreo asturiano. Cuentan quienes propiciaron la selección del 'Uninsa' que quizá esa sencillez es la que le ha convertido en el referente científico. Él es del siglo XIX, mientras en sus alrededores conviven elementos del siglo XVII y XVIII, y hasta construcciones coloristas que resultan especialmente llamativas a la vista. Son sus compañeros de historia.
De las otras dos hojas que forman el trébol de hórreos, el más antiguo está datado en el siglo XVII y sus esquinas lo delatan. Grandes mazacotes de una sola pieza que evitan cualquier ensamblamiento de las tablas, llamativamente anchas en relación a las de los hórreos vecinos. Las vigas son más grandes y encima de la puerta tiene un arquillo que la define como del siglo XVII. Cuenta el director del Museo Etnográfico del Pueblo de Asturias que los hórreos son como las personas, «como el homo sapiens sapiens: por su indumentaria se le conoce. Si observas con perspectiva histórica a un burgués de Somió y a un trabajador de La Calzada, a un hombre de los años 60 ó de los 90, los distingues por su ropaje, que es producto de su tiempo», explica Xuaco López. Lo mismo sucede con la datación de las construcciones populares.
Carácter femenino
El tercer elemento lo constituye un hórreo algo singular, no por sus características, sino porque contradice el dicho popular que distingue a hórreos y paneras porque la segunda dispone de corredor mientras el primero, no. Pues en este caso, una construcción de planta cuadrada y caída de cuatro aguas cuenta con corredor. Y, a gusto de Xuaco López, es «más limpio» que el 'Uninsa' y dispone de unas tablas «más hermosas». Pero eso sólo le aportará puntos sobre la valoración 100 con que va a partir cualquier estudio del hórreo asturiano que tome como modelo el tercer elemento del Pueblo de Asturias.
Cuando las voces que manejan con fluidez términos etnográficos hablan del hórreo, en género masculino y número singular, se refieren indistintamente a hórreos y paneras -estas últimas de planta rectangular con seis o más pegoyos- que suele tener una mejor acogida visual y que nunca es definida adecuadamente por sus rasgos distintivos.
«No siempre es cierto que la diferencia entre el hórreo y la panera sea que tienen seis pies en vez de cuatro. Evidentemente, la panera, al ser rectangular, tiene que disponer de más pies, porque si no se caería, pero también un hórreo, si le fallan los traves o la viga, que llaman aquí el sobigaño, se le ponen más pegoyos para soportar el peso. Tampoco el corredor es exclusivo de la panera, porque aquí mismo tenemos un hórreo con corredor. Lo que la define es la estructura de arriba, con una cubierta con caballete», explica Xuaco López.
Y deben de ser las niñas mimadas del Museo Etnográfico del Pueblo de Asturias, porque de las dos existentes, una es visitable por dentro y la otra atesora todo el colorido del recinto museístico que vaya más allá del verde del césped y el marrón de la madera. De hecho, cuando entras en la primera de ellas, su interior condensa una muestra de todo lo que puede llegar a cobijar. Desde una cama con cabecero de forja, hasta documentos, grano, libros o ropa. Pero el exterior sigue siendo la piedra de toque. Comenta Xuaco López que «está hecha por un carpintero muy fino, sin grandes alardes, pero con importantes detalles».
Si bien no tan vistosos como la otra panera. Con sus barandillas pintadas de rojo y sus tallas coloreadas, muestran el más tradicional arte popular. Rojo y verde obtenidos con pigmentos naturales atestiguan una riqueza etnológica que sitúa Asturias a la cabeza de Europa.