Domingo, 19 de noviembre de 2006
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Veinticinco años de sida
Victoriano Cárcaba tenía 28 años cuando diagnosticó en la Residencia Nuestra Señora de Covadonga el primer caso de sida del Principado. Al cumplirse el primer cuarto de siglo de la aparición de la enfermedad, rememora para EL COMERCIO cómo se vivió la llegada de la epidemia y su evolución
Veinticinco años  de sida
Victoriano Cárcaba. / ROJAS
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Victoriano Cárcaba, que diagnosticó el primer caso en Asturias, narra a EL COMERCIO cómo vivió la llegada de la epidemia y su evolución

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Victoriano Cárcaba cursaba en 1987 el último año de su formación como especialista en medicina interna en el Hospital Nuestra Señora de Covadonga de Oviedo cuando llegó a la consulta un asturiano que residía fuera del Principado. El paciente no se encontraba bien desde hacía un tiempo y, además, quería consultar sobre unas manchas aparecidas en sus brazos, a pesar de que algunos médicos del lugar donde vivía le habían dicho que no tenían importancia. «Le examiné, descubrí más manchas en otras partes del cuerpo, que él no había visto, y me di cuenta de que aquello era un sarcoma de Kaposi, una de las enfermedades con las que se diagnosticaba el sida. Yo mismo le hice una biopsia y le saqué sangre; mandé las muestras a analizar y confirmé que tenía sida», recuerda el médico, que tenía entonces 28 años. Fue el primer caso notificado desde Asturias.

Han pasado casi veinte años, pero el doctor Cárcaba guarda en su memoria con todo detalle cómo era el paciente que inauguró la lista de enfermos de sida en Asturias, una lista que hasta el 30 de junio pasado cifraba en 1.290 las personas diagnosticadas en el Principado desde la aparición de la enfermedad en Estados Unidos, de la que se cumplen 25 años en este 2006. «Fue el primer caso oficialmente registrado, aunque desde hacía tiempo veíamos ya pacientes con síntomas de sida», explica el médico, actual jefe del Servicio de Medicina Interna del Hospital Valle del Nalón.

En su pequeño despacho del centro langreano, Victoriano Cárcaba rememora los primeros años de una enfermedad que ha marcado las vidas de médicos como él, llegados al sida por casualidad. Los primeros pacientes eran adictos a la heroína que llegaban a los hospitales «desguazados», con una salud más que deteriorada, y que se encontraban con el rechazo del personal sanitario. Fueron los médicos residentes, los que completaban su formación especializada en medicina interna, quienes lidiaron con unos enfermos rebeldes, que incumplían las indicaciones médicas y que estaban ansiosos por volver a la calle y seguir consumiendo droga. «Nos tocó a nosotros, y tuvimos que aprender todo porque en la carrera no nos enseñaron nada del sida, simplemente porque no existía», señala el médico ovetense.

La primera autopsia

Los primeros años de la enfermedad fueron difíciles, incluso épicos para quienes en los hospitales trataban a los afectados por una enfermedad nueva, en la que todo estaba por descubrir. Pasó un tiempo hasta que se supieron con certeza cuáles eran las vías de transmisión de aquel virus que se cebaba en homosexuales, adictos a la heroína inyectable y hemofílicos. «Había desconocimiento, y el miedo es libre, así es que algunos pensaban que podían contagiarse con sólo tocar a un enfermo», admite Cárcaba. De ahí que los hospitales esterilizasen los cubiertos de esos pacientes o señalasen con un punto rojo los historiales de los enfermos de los que se sospechaba pudieran padecer el cáncer rosa, como se denominó inicialmente al sida, por su identificación con los homosexuales, sus primeras víctimas en Estados Unidos.

Victoriano Cárcaba recuerda como una de sus peores experiencias la autopsia que realizó, junto a otro residente, a una paciente suya con síntomas de haber fallecido por la extraña enfermedad. La familia dio su conformidad para la necropsia, pero ningún especialista del centro donde Cárcaba realizaba la especialidad médica quiso practicarla. «Desde el punto de vista científico era interesante, y la familia había consentido, así es que la hicimos, pero es muy duro tener que abrir a una paciente a la que has tratado durante semanas y has visto con vida la víspera. Los patólogos pueden hacer autopsias porque sólo ven sobre la mesa un cadáver, no a un paciente», opina el médico. El examen confirmó que la mujer había fallecido por el virus del sida; fue la primera autopsia practicada en Asturias a un muerto por el virus de la inmunodeficiencia humana (VIH).

Los médicos que atendieron los primeros casos de sida tuvieron que realizar pruebas que, en teoría, deberían llevar a cabo compañeros de otras especialidades. Así fue como siendo residente de cuarto año, Victoriano Cárcaba realizó la biopsia de los tumores de piel que presentaba el que se convertiría luego en el primer enfermo de sida de la región. Cuando confirmó que era un sarcoma de Kaposi, se puso en contacto con el Instituto Pasteur, en Francia, pionero en la investigación del sida, para conocer posibles terapias. «Ahora buscas bibliografía en internet, y dispones de ella en un momento, pero entonces no, y era una enfermedad nueva», constata el médico.

Un virus 'inteligente'

Un hospital parisino, el Pitié Salpêtrière, ensayaba en esos momentos un fármaco nuevo llamado interferón, y hasta allí se fue el paciente asturiano. «Era un hombre 'con posibles', y cada pocos meses viajaba a París a por el medicamento, pero yo fui quien controló y siguió la evolución de su enfermedad hasta que murió», recuerda. El enfermo pudo ser tratado con AZT, el primer medicamento específico contra el virus del sida, pero falleció, en 1989 fuera de Asturias. «Tuve suerte, porque hubiera sido muy duro para mí, ya que en ese y en otros casos de sida, los enfermos traspasan esa burbuja en la que intentamos mantenernos para no implicarnos emocionalmente con los pacientes», reconoce Cárcaba.

En los primeros años, los médicos poco podían ofrecerles. «No teníamos tratamientos frente al virus y sabíamos que todos morirían, así que apenas podíamos hacer nada más que intentar tratar las infecciones que padecían», explica este médico que ha diagnosticado el sida a compañeros de profesión, amigos de la infancia y a personas conocidas en muchos ámbitos de la vida asturiana. «Había una implicación emocional fuerte. Muchas veces te preguntabas por qué ellos, y pensabas que podías ser tú el infectado, porque el del sida es un virus 'inteligente', que ha elegido para su transmisión el mismo mecanismo que tiene la vida para asegurarse la continuidad, las relaciones sexuales», reflexiona Cárcaba.

Si mantener esa barrera emocional era difícil con unos pacientes que preguntaban cuánto les quedaba de vida, el empeño se tornaba imposible cuando el enfermo era un niño. Victoriano Cárcaba no había estudiado pediatría ni nunca pensó que tendría que tratar a menores, pero el sida llevó a muchos hasta su consulta, como un adolescente hemofílico, que murió de sida a los 16 años y que dejó honda huella en su vida; aún hoy, sus padres le visitan. O aquel otro niño, compañero de colegio de su sobrino, que le mostraba siempre sus calcetines con el escudo del Oviedo. «Yo le decía que era del Sporting para hacerle rabiar, y él se ponía sus calcetines cada vez que venía a la consulta». La madre siempre le agradeció que no impidiera a su sobrino jugar con el enfermo. «Es que la situación era terrible para las familias, y más cuando los afectados eran niños, porque el sida era algo tabú», señala Cárcaba.

«Vi morir a centenares»

El VIH cambió muchas cosas en los hospitales, dio paso a la creación de unidades de enfermedades infecciosas y al uso generalizado de guantes y de material desechable. Pero el sida golpeó también convenciones sociales de la época, porque afectaba sobre todo a personas -usuarias de drogas y homosexuales- con prácticas rechazadas por amplios sectores. Ahora está de moda y bien visto 'salir del armario', pero hace veinte años el panorama era muy distinto. También la consideración social hacia las drogas era distinta, generaba gran alarma social por los robos a farmacias y la inseguridad cotidiana. Gracias al sida, la adicción a la heroína comenzó a tratarse como una enfermedad, lo que abrió el camino en la década de los noventa a programas de intercambio de jeringuillas o de administración de metadona.

En 1991, Victoriano Cárcaba dejó el Hospital Central de Oviedo -surgido dos años antes al unificarse el Hospital General, Covadonga y el Instituto de Silicosis- para ocupar una plaza de Medicina Interna en el del Valle del Nalón, y se encontró con que el centro de Langreo no trataba enfermos de sida. «Es que no iban allí, porque en los primeros años todos los infectados por el VIH de Asturias eran enviados a Oviedo», explica. La situación se normalizó con el paso del tiempo, y ahora todos los hospitales atienden a los pacientes infectados o enfermos de sida de su área sanitaria. «He tratado centenares de personas con esta enfermedad, y he visto también morir a cientos», asegura Cárcaba, quien continúa asistiendo a estos pacientes. «No lo puedo dejar ni por compromiso ni por demanda porque, desgraciadamente, la prevención ha fallado y la gente sigue infectándose y enfermando de sida».

 
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