CORREN tiempos preelectorales, tiempos, pues, de adopción de posturas -también imposturas, no pocas veces- de amplia variedad reivindicativa. Desde una perspectiva periférica de la periferia no hay por qué entregarse ahora al ejercicio del victimismo, pero tampoco está de más mantenerse activamente vigilantes ante posibles iniciativas o propuestas lesivas para los intereses generales de Gijón.
No hace falta remontarse a muchos años atrás para constatar el éxito de una maniobra que constituyó de hecho un expolio con Gijón como damnificado: la modificación de los estatutos de la Caja de Ahorros de Asturias, que derivó en considerable pérdida de poder para el Ayuntamiento gijonés, una de las dos únicas entidades fundadoras de la institución de crédito. Y los años setenta del pasado siglo registraron un extraordinario y prolongado episodio de resistencia a las aspiraciones gijonesas de tener centros docentes universitarios de rango superior.
Todo, o casi todo, de lo que Gijón posee le ha sido dado por la naturaleza o es el resultado de los esfuerzos realizados por el capital humano acumulado durante décadas, sin que haya demasiados motivos de reconocimiento a las aportaciones graciosas de los poderes centrales, de todos, los de allá y los más cercanos. No se invita con estas reflexiones a emular actitudes de denuncia de imaginarios asedios o acosos que en realidad intentan enmascarar las consecuencias de una política de relumbrón despilfarrador. Pero no sobran las cautelas ante la reedición de eventuales colusiones en perjuicio de Gijón, que requerirían una firme respuesta unitaria, inexcusable, sin tibiezas partidarias.