Acercarse a los grandes maestros en París, descubrir la vanguardia en el barrio latino, cotizarse en mercados extranjeros... Los artistas españoles han buscado, tanto en el siglo XIX como en la pasada centuria, ampliar sus horizontes en otros países. Ese recorrido fue ayer analizado por la profesora Ana Fernández García, titular de Historia del Arte en la Universidad de Oviedo, en el curso de doctorado 'Intercambios contemporáneos en la arquitectura y las artes plásticas; trasvase de artistas y modelos en las ciudades del Arco Atlántico'.
«En el siglo XIX, París desplaza a Roma como capital de las Artes. Es el centro internacional, no habría artista que no fuese a París», recuerda Fernández. En cambio, en Londres se produce un fenómeno curioso para los creadores españoles. «Se produce un comercio muy intenso desde el descubrimiento de España por el romanticismo, pero había muy pocos artistas viviendo allí», comenta.
Frente a París como lugar de peregrinación para los artistas, Iberoamérica y Estados Unidos surge como un nuevo mercado, alimentado en parte por los emigrantes españoles que buscan un arte que les mantuviese en contacto, aunque sólo fuese estético, con sus orígenes. Ana Fernández cita como ejemplo la gira iberoamericana de Julio Romero Torres para promocionarse. «Y eso que, entonces, era uno de los artistas más importantes del momento».
La geografía del arte se transforma en 1945, cuando Nueva York desplaza a París y se convierte en la capital mundial del arte. «En Estados Unidos se encuentra el mercado más dinámico, cualquier artistas que expone allí recibe un 'espaldarazo' mundial, como sucede con Pelayo Ortega», comentó la profesora.
Sin embargo, Nueva York no sólo es un mercado, también es un lugar donde los artistas acuden para aprender y formarse ya que «es la actual capital del arte»
«El Net-art es ilimitado»
Una situación de prestigio que se mantiene a pesar del desarrollo de Internet y la globalización, que Ana Fernández matiza. «La globalización en el Arte es muy limitada. Apenas sabemos nada del arte africano o de lo que se hace en Australia. Al final, se limita a que todo el mundo conozca lo Occidental».
Sin embargo, la ponente destacó ayer las posibilidades que ofrece Internet. «Desde el artista convencional que cuelga imágenes de su obra en Internet y luego las vende, al Net-Art, cuyas posibilidades son ilimitadas y aún no alcanzamos a ver todas».
Fernández cita las innumerables opciones con las que cuenta el artista en la red. Desde permitir que un internauta participe en una acción moviendo, por ejemplo, un rayo de luz en el zócalo de México D.F. a intervenciones más complejas.
Un nuevo espacio donde se producirán algunos de los intercambios más interesantes del siglo XXI.