VAYA como preámbulo que Yogi se escribe y pronuncia Yogui, no Yogi en americano, para que en castellano nadie llame Yoji al Yogi foráneo, sino Yogui. Que no ocurra como cuando pronunciamos Otegui en vasco y en falso para nombrar a un Otegi que en castellano debería sonar Oteji, que tampoco decimos guilipollas al nombrar a un gilipollas, sino gilipollas, y valga la asociación de ideas.
El Gobierno del Principado ha tenido la feliz idea de vincular la imagen del oso Yogui con la próxima campaña de promoción asturturística. No es el primer animal que trabaja en hostelería y turismo. Por ahí andan aún el Curro sevillano, el Cobi catalán y amenaza el Fluvi baturro, un mixto de marciano y muñeca repollo que predicará 'urbi et orbe' la Expo 2008 de Zaragoza y de Belloch. La cosa es atraer a la gente, como ocurrió con el 'Spain is different' de aquel Fraga hasta la braga que inundó de suecas en bikini la arena de la Costa del Sol, y las películas de Pajares y Esteso.
Pronto veremos pandillas de jubilados de Oklahoma ascendiendo en funicular al Naranjo para contemplar el pedrero desde el mirador de algún hotel construido por 'El Pocero' en la cima, previa recalificación del peñasco. Y preguntarán al portero por el oso, dónde está Yogui, «where is Yogi?», como antaño los paletos preguntaban por Petra, la osa que vivía enclaustrada en un paraíso de alambres gaudianas, en el ovetense parque de San Francisco, hasta que se la llevó al cielo de los osos el colesterol subsiguiente a tanta palomita de maíz y tanta patatita frita que le arrojaban.
Y es que el oso es el tótem astur primigenio. Ni toro ni leches. El oso, el artz vasconavarro, o el arktos griego, que bautizó a cuantos García (Arztia) descendieron de las montañas pirenaicas para repoblar la tierra yerma que los moros habían despoblado. Porque en el norte todos somos hijos de osos, y de Amaya y de las Crónicas Emilianenses, con la excepción de algunos hijos de Butasuna que siguen siendo primitivos hijos de Buta o de Bubu. El oso, padre totémico de los astures, el ursus, el esbardo, el osorio, el bicho que prestaba su nombre a Ursicino, a Úrsula, un oso con una pata en la zona augustana del solar astur y la otra en la trasmontana, oso al que los alimañeros se la tenían jurada por borrar su imagen y semejanza, para matar con cepos furtivos la vergüenza de nuestro orígenes, «el asturiano cerdoso, rezaba el clérigo Francisco Gregorio de Salas, baxo, rechoncho y cuadrado, forcejudo y mal formado, es un mixto de hombre y oso». Ahí está. Que ese es el Yogui que mató a Favila para dar un golpe de estado contra sus semejantes. Ese oso de leyenda que labró su perdición por robar miel y maíz a los aldeanos, y que se extinguió para que su piel sirviera de alfombra o de capa pluvial.
Por eso ha habido que importar osos. Para tener a mano la foto de los tatarabuelos y vernos en el espejo tal como éramos. Primero hemos importado osos checos y ahora importamos al Yogui americano.Aprovechando que el Pisuerga pasa por la Hanna-Barbera Productions, y que la globalización ha empequeñecido tanto la aldea global, somos aldeanos del mundo, la agencia Bassats ha cazado en Yellowstone al oso virtual y a su amigo Bubu y los ha depositado en Monte Peloño, para que vayan aprendiendo bable y alumbren el camino al turismo. Como otros vejestorios extranjeros aquejados de reuma, el simpático Yogui ha encontrado un paraíso natural en donde reposar, esconderse y huir del tontaina de Bush, ese despierto creador del bushismo, la memez sin tino, que considera que talar bosques es el método más adecuado para acabar con los incendios forestales.
Bienvenido, Yogui. Lo gracioso ahora va a ser ver con qué contraataca la envidiosa oposición. El asturcón ya está pillado. Quedan el urogallo, el rebeco y el melandro. Y el orangután, ese otro animal tan asturiano como Yogui.