Como si de un examen se tratase, los nervios se ven aflorar en los gestos de los conductores que, ante un portón y acompañados por los consejos que salen de unos monitores, esperan su turno para acceder a la nave de la Inspección Técnica de Vehículos. Cuando el inspector eleva la puerta de acceso, los sacrificados usuarios aceleran sus máquinas y se ponen a las ordenes del que, en unos 20 minutos, habrá de decirles si el coche está en buen estado o no.
Nada más entrar, el coche circula por una placa que detecta la correcta alineación de la dirección. Después, un banco de suspensión comprobará los amortiguadores, las ruedas y los frenos en ambos ejes. Atento a las órdenes del mecánico, el conductor parece estar más concentrado que en la carretera. No en vano, nadie quiere pasar dos veces por la misma experiencia y, menos, gastar dinero en reparar los defectos del coche. Mejor que todo esté bien.
Sin perder detalle
Mientras, el inspector no pierde detalle. Señalización, cinturón, carrocería... Nada de alerones ilegales ni bajos pegados al suelo. Todo tiene que cumplir la normativa de seguridad. Las puertas deben abrir y cerrar correctamente, el claxon debe funcionar, pero no emitir notas musicales... Todos y cada uno de los detalles. Mediante el regloscopio, se comprueba el correcto funcionamiento de los faros y su elevación.
El siguiente paso es situar el coche en el foso. Por medio de un altavoz, el inspector sigue indicando las acciones. «Mueva la dirección hacia los lados». Con más o menos pericia (según la práctica de cada uno) los usuarios van pasando de uno en uno por la línea de la ITV. Ojo con que las ruedas no estén demasiado gastadas...
Y para acabar, la prueba de gases. Un aspirador de humos evitará la intoxicación del personal para la última prueba. En los coches de motor Diesel, el examen es bastante espectacular. Lo primero es monitorizar el vehículo, comprobar el nivel de aceite, la temperatura, las correas... A continuación, se pasa a acelerarlo progresivamente para medir el nivel de gases contaminantes. Si la prueba ofrece dudas, se acelera a fondo de nuevo el vehículo durante 15 interminables segundos.
«Da un poco de miedo a los usuarios, pero todo es totalmente normal. En dos años que llevamos realizando esta prueba no hemos tenido ninguna incidencia, ni avería, ni queja», explica el encargado. Al final, si todo va bien, el inspector se acerca al vehículo y le hace entrega de la documentación. Por supuesto, también de la pegatina, la deseada pegatina que certifica que el coche está en buen estado y que luciremos en la luna delantera, al menos, durante todo un año.