Empieza a ser posible que un niño que viene al mundo con valvulopatía congénita, es decir, con deficiencias en alguna de las válvulas cardíacas que aseguran el correcto flujo de la sangre entre las cavidades del corazón, y entre éste y el resto del organismo, se encuentre con válvulas de repuesto esperándole nada más nacer. Y que estas válvulas sean biológicamente infalibles, generadas a partir de sus propias células madre, obtenidas del líquido amniótico que le acunó en el vientre de su madre. No es un milagro, sino una expectativa real.
Por lo menos así lo cree la prestigiosa Asociación Americana del Corazón, ágora de los cardiólogos estadounidenses, que en una conferencia celebrada la semana pasada en Chicago recibió dos estudios «enormemente prometedores».
El primer estudio, coordinado por el suizo Simon Hoerstrup, de la Universidad de Zurich, es el responsable de haber «criado» por primera vez en un laboratorio tejido endotelial capaz de desarrollar las funciones (apertura y cierre) de una válvula cardíaca natural. El objetivo era regenerar la válvula cardíaca congénitamente dañada de un bebé, y la válvula «criada» para ello procedía de células madre del propio bebé, obtenidas por amniocentesis.
Este logro presenta ventajas médicas enormes. Acabaría con la esclavitud de pacientes condenados a medicarse de por vida contra el riesgo de rechazo o contra la formación de coágulos, temible efecto secundario de las válvulas artificiales. Además, las células de este tipo de válvulas crecerían acompasadamente con el resto del organismo del bebé, lo cual obviamente no sucede con válvulas procedentes de animales o de cadáveres humanos. Se eliminarían un rosario de intervenciones quirúrgicas de adaptación y corrección que pueden prolongarse años.
Falta que lo que funciona en el laboratorio funcione en el cuerpo humano. En este sentido es muy alentador el segundo estudio, coordinado por Kyoko Hayashida, del Instituto de Investigación del Centro Nacional Cardiovascular de Osaka y de la Universidad de Medicina de Kyoto, en Japón. Lo que los japoneses han conseguido es demostrar que lo experimentado por los suizos quieren experimentar en humanos, tiene éxito en conejos.
Tejido adiposo
Kyoko Hayashida y su equipo elaboraron una especie de moldes de las válvulas cardíacas y los infiltraron en el tejido adiposo de los conejos, que es otra fuente de células madre que también se estudia en humanos. Las válvulas cardíacas así obtenidas (para conejos) no tenían la misma morfología celular que las naturales, pero una vez implantadas funcionaron igual en más del cincuenta por ciento de los casos.
«Es la primera vez que se consigue fabricar una válvula cardíaca autogenerada por las células madre de un cuerpo vivo», reivindicó Kyoko Hayashida en Chicago, exultante, «si conseguimos regenerar cada órgano del cuerpo así, acabaremos con la escasez de donantes y con las drogas anti-rechazo».
Valentín Fuster, el eminente cardiólogo español del Hospital Mount Sinai de Nueva York, especializado en afecciones cardíacas congénitas, ha calificado de «muy estimulante» la vía abierta por estos dos estudios. A su juicio, la promesa más relevante es la de que los médicos puedan «dirigir» la creación y funcionamiento del tejido vivo, y optimizarlo clínicamente.
Una malformación congénita en cualquiera de las cuatro válvulas del corazón (mitral, tricúspide, aórtica y pulmonar) se puede detectar en la prueba de ultrasonidos que realiza alrededor de la 20 semana de un embarazo normal. Uno de cada cien bebés nace en el mundo con problemas de este tipo, que constituyen una de las primeras causas de mortalidad infantil en el primer año de vida. Según el suizo Simon Hoerstrup, uno de cada tres bebés afectados podría ser tratado con éxito de esta manera. Los únicos riesgos serían los comúnmente asociados a la amniocentesis, la extracción de líquido amniótico entre las semanas 15 y 20 del embarazo, específicamente para detectar anomalías del feto.