Martes, 21 de noviembre de 2006
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SOCIEDAD Y CULTURA

Sociedad
Dos manos de pintura
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Somos muchos los que creemos que Asturias, aparte de otros problemas, tiene un profundo problema estético, que necesita (cuando menos) dos manos de pintura. Las estrategias de la uniformización tienen, en las sociedades más débiles, un éxito inusitado: el mismo chigre te lo encuentras aquí y en Pernambuco. El Estado se encarga de construirte un cubo de hormigón en medio de la ciudad, lo llaman edificio de correos y se queda tan ancho. La internacional de lo hortera y de lo casposo (a la que de tan buen grado se une la trouppe de los burócratas) sólo tiene un límite: la inteligencia, el cariño y el buen gusto de unos cuantos que, en cada sociedad, conciben el espacio como algo más que un lugar para tomar copas, ver una película o comprarse un abrigo. Unos cuantos que saben ver entre cuatro paredes las dimensiones exactas del paraíso.

Ahora que me llega la noticia de la muerte de Chus Quirós, el diseñador de interiores por excelencia de Asturias, no soy capaz de acordarme de cuándo entré por primera vez en un espacio habilitado por él. Tal vez en aquellos 80, cuando tanto mirábamos la luna de Madrid, en el Pick Up de Uviéu; o en el setentero Pikos, donde ya comenzaba el arrabal un tanto canalla; o en el Gatopardo de Mieres Quién sabe. Sé, que cada vez que entraba en los cines Brooklyn inmediatamente presentía una presencia: alguien se había preocupado por disponer el espacio 'cum callida junctura', un espacio que te acogía en una idea. La de Chus Quirós, presente en todos sus lugares, era siempre la misma y siempre distinta: sobre las paredes de nuestra cotidianeidad él colgaba tapices neoyorkinos que no se encontraban en Nueva York y que, en realidad, sólo se podían encontrar aquí; en las sillas en las que nos sentábamos, diseñadas por él, la modernidad posaba sus temblorosas nalgas y, después del primer trago de gin-tonic, le sacaba la lengua a la eternidad.

Imaginativo, innovador, generoso y hospitalario, el pensamiento de Chus Quirós ponía todo lo que era, que era mucho, en cada lugar que diseñaba. Esa tienda en la calle Campoamor podría haber estado en Londres o en París, pero estaba en la calle Campoamor de Uviéu; ese bar, de luces contradictorias, prometía tras sus puertas un mundo mejor, más hermoso y menos uniformizado. Tomé una vez una copa con él en el Pick Up: hay allí una galería de famosos asturianos que con los años van adquiriendo algo así como un aspecto entrañable. Estaba orgulloso: era, decía, de los que menos habían envejecido.

 
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