La oscarizada 'Crash', que recibió tres estatuillas este año, entre ellas la concedida al guión original, debe mucho a las 'Vidas cruzadas' que firmó Robert Altman en 1993. Tal vez porque la originalidad consiste en repetir de la mejor manera a los clásicos y no hay arte sin cruces. Faltaríamos a la verdad si omitiéramos que 'Grand Canyon', de Lawrence Kasdan, se anticipó en un relato similar a las dos anteriores.
Lo cierto es que Altman, ese hombre en el que se recortaba una barba de lord o de bucanero, siempre ha estado en el medio, aunque no supiéramos que también le había puesto el sombrero vaquero a Ben Cartwrigth, allá en el rancho de La Ponderosa, en algún capítulo de nuestra infancia con 'Bonanza'.
A Robert Altman se le atribuyen méritos variados reconocidos con un Oscar honorífico. Yo me quedaría con su dirección de actores, capaz de hacer creíble a Paul Newman en un cómico Bufalo Bill. O escuchando el country y el jazz de 'Nashville' y 'Kansas City'. Pero, sobre todo, con su heterodoxia irreverente por los géneros y el poder. O sea, 'El juego de Hollywood'.