Si Chus Quirós hubiera organizado un gran acto cultural en la región hubiera tenido los mismos invitados que ayer le dieron el último adiós. Nadie quiso faltar a su funeral en la iglesia de Santo Domingo. Volvía a sus orígenes. Estudió en los dominicos y allí conoció a grandes amigos que le acompañaron durante toda su vida, algunos también en su muerte, como Manuel Fernández de la Cera y Juan Cueto. A su inseparable amigo, compañero de fatigas, fútbol y tertulias, no le quedó más remedio que despedirle.
Fue una ceremonia sencilla y silenciosa, como era Chus. Sus profesores del colegio ovetense oficiaron el funeral. El padre Pedro, Fermín y José Luis recordaron durante la homilía sus exámenes de la reválida y su «espíritu abierto y generoso». Su esposa, Rosa Linares, y sus hijos, Iván y Sara, estuvieron arropados por familiares y muchos compañeros y amigos de su marido y padre. Aunque, quizá por preservar su intimidad y respetar la del momento, muchos se quedaron en la parte trasera de la iglesia. Algunos prefirieron permanecer de pie y otros esperaron en la calle.
Los pintores Manolo Linares y Bernardo Sanjurjo, el escultor Fernando Alba, los arquitectos Fernando Nanclares y Alfonso Iglesias se acercaron ayer a la iglesia del Campillín. El ex rector de la universidad, Teodoro López Cuesta, la cronista oficial de Oviedo, Carmen Ruiz-Tilve, y el concejal de Cultura del Ayuntamiento, Alfonso Román López, también estuvieron presentes.
La capital no podía dejar de estar representada. En ella dejó gran parte de su legado, puso su personalidad a infinidad de locales y restaurantes. Quizás el pub Pick Up sea una de sus obras más conocidas. A él llevó muebles de Mariscal y encargó a Vivancos el doble mural con asturianos tan conocidos como Antonio Masip o Pedro de Silva. La luz y el color eran sus señas más características. Pero el día ayer no acompañaba y poco después de la una de la tarde comenzó a llover, lo que obligó a entrar en el templo a los centenares de personas que aguardaban en el exterior de la iglesia.
Todos los que ayer le despidieron vieron su obra de cerca. Con muchos habló de ella y con otros no hizo falta. Forman parte de la vida social asturiana. Quién no se sentó en las butacas de los cines Brooklyn, comió en La Goleta, en Casa Fermín o pasó por la cafetería del hotel de la Reconquista. Seguro que en ella, esperando ver a su sobrina, la princesa doña Letizia, estuvo su tía. Henar Ortiz pasó desapercibida entre tantos amigos y personajes conocidos de la vida cultural y social asturiana.
El mierense permanecerá en la memoria histórica del Principado por sus grandes diseños y su creatividad. «Amaba la cultura», decía notablemente emocionado su hijo Iván el mismo día del fallecimiento. Ayer todos quisieron apoyarle. No sólo eso a lo que él estaba más unido, la cultura. El secretario general de Cajastur, Ignacio Martínez, y el impulsor de Alsa, Pepe Cosmen, también dieron ánimos a su familia.
Muchos dejaron sus rúbricas estampadas en el libro de firmas que la familia guardará con cariño. Serán decenas, o cientos, como las que deja Chus Quirós dentro y fuera de Asturias. Una de ellas llegó hasta Sevilla. Decoró el pabellón de la región en la Exposición Universal de 1992. Pero no fue la única salida de la región de este artista y pensador. Trabajó en Madrid, en Galicia, en el País Vasco y en Andalucía, pero también en Colombia y en Panamá.
El domingo tras una larga enfermedad dijo adiós. Durante nueve días se rezará un rosario en su memoria.