La situación es la que sigue: los socios del Centro de Personas Mayores de Cimadevilla ya no están en Cimadevilla, sino en la calle San Bernardo. Para acceder a su local, situado en un primer piso, tienen que subir una empinada escalera y eso es un incordio cuando las rodillas flaquean y los huesos ya no son lo que eran. Además, hay poco espacio. «Vivo en Manuel Llaneza, pero gústame esti centro porque tiene muchas cosas. Desde que nos cambiaron ha dejado de venir mucha gente. Antes había cafetería, tres billares... Era un sitio donde pasar la tarde. Aquí sólo puedes leer el periódico y luego, a dar tumbos por la calle». Así resume Sabino Blanco, de 73 años, el sentir, casi generalizado, de los afectados por el traslado.
Porque los más de 18.000 socios del centro social notan que han perdido algo. Algunas, como Rogelia García Fanjul, lamentan «que no hay espacio». «Salimos colocadas y mareadas», bromea Rosario Menéndez, su compañera en el taller de marroquinería. En la pequeña sala interior hay más de diez personas y la puerta permanece entreabierta para restar intensidad al fuerte olor del pegamento.
Un taller, dos socios
Alfonso Fernández de Con y Dori García también echan de menos el espacio. Y la luz. En Cimadevilla, el taller de encuadernación tenía once miembros y en San Bernardo se ha quedado reducido a dos. «No tenemos ni un hueco para respirar», critica Alfonso. Antes era comercial de material de papelería. «¿Sabe cómo se llama este lapicero? Gold Faber». Ahora es profesor, «de manera voluntaria», de encuadernación. Y no le agrada el cambio de taller. «Somos ciudadanos y pagamos nuestros impuestos. El Principado y el Ayuntamiento tienen que ponerse de acuerdo, pero no se preocupan por nosotros. Llevamos aquí desde marzo y nadie dice nada», insiste Alfonso. No le gustó la despedida de Cimadevilla: «De un día para otro, nos cortaron la luz y el agua y nos mandaron aquí». «Los viejos estamos dejados de la mano de Dios», subraya Tino Junquera. En su juventud cantó en el Orfeón Gijonés y ahora, con 73 años, coordina el coro del centro, un conjunto de 30 voces.
De momento, ensayan en los locales parroquiales de San Pedro, algo que agradecen a la Iglesia. Puestos a soñar, Tino imagina un nuevo centro «con buena acústica, espacio para los trofeos, ventilación y mucha luz, donde se vea el cielo». Pero sabe que «es un poco difícil que el Principado encuentre un sitio así, si hay algo es del Ayuntamiento, así que deberían llegar a un acuerdo, porque esto es una caja de cerillas pequeña hasta para las cerillas».
«Son unos peseteros»
El antiguo local de Cimadevilla -al que la Consejería de Bienestar Social ha confirmado que no volverá el centro- pertenece a la Fundación San Eutiquio, presidida por el párroco de San Pedro, Javier Gómez Cuesta, quien estudia habilitar una vivienda parroquial en el edificio. «Si el cura quiere vivir allí, que viva en la parte de arriba y nos deje a nosotros lo demás», sugiere Pilar Toledo.
Pilar es usuaria desde hace 13 años del centro de mayores y no puede con «las escaleres empinaes» de San Bernardo. Se muestra indignada y combativa con la actitud de la Iglesia: «El cura, con 30 metros para vivir no se arregla... ¿Que el Ayuntamiento y el Principado se dejen de arreglar 'iglesionas' y den dinero para los vieyos!».
Hasta el más tranquilo se muestra inquieto con la noticia. «Yo, francamente, veo que son unos peseteros los de la iglesia, porque pondrán más plazas para la residencia, todas esas personas que están allí pagan. Ellos van a buscar la perra», argumenta Vicente Martínez, quien regresó a Gijón hace cuatro años tras medio siglo en el País Vasco.
«Desde el principio supe que no volvíamos, que esto era una encerrona. Nos teníamos que haber encerrado allí para que no nos echaran». La teoría del atrincheramiento nace de Juan José Puente, de 66 años, quien recuerda que «en Cimadevilla estábamos de cine». José Montequén sostiene que «ahora todo está en precario», incluso su aula de informática, en la que se encuentran «muy estrechos». Este técnico electrónico lleva cuatro años en el centro y recalca que «dijeron que este era un sitio provisional».
Lo prometió la Consejería de Bienestar Social, que en estos momentos busca un nuevo local ajustado a las necesidades de sus usuarios. «Podían haber buscado hace cuatro años, porque este es un problema viejo, y comprar entonces les habría salido más barato...», indica Carmen Cristóbal, toda una veterana -14 años de socia del centro-, quien concluye desencantada: «Vi tiempos mejores».