POR ser hombre no soy más, por ser 'macho' sí soy menos. Es así de fácil, aunque, unos por acción y otros por omisión, los hombres, satisfechos, aunque sea injusto, por el papel que durante siglos venimos ocupando en la sociedad, estamos asistiendo al asesinato (60 mujeres en lo que va de año en España) o a la violencia permanente contra la mitad de la humanidad, dando, casi siempre, la callada por respuesta.
Cada 18 segundos, una mujer es maltratada por un hombre en cualquier parte del mundo. Una de cada cinco mujeres europeas es maltratada habitualmente y el 95% de la violencia se produce dentro de las casas. Estos datos se conocen; no han aparecido ahora como por arte de magia.
En nuestro país, el año pasado fueron asesinadas otras 60 mujeres y en Ciudad Juárez (México), en diez años lo fueron 320 entre «la corrupción, la impunidad y la incompetencia», según se desprende del informe elaborado por el Comité para la Eliminación de la Discriminación de la Mujer de la ONU. Lo que se da en llamar violencia de género -que no es si no una forma de asesinato- representa, por encima de accidentes de tráfico o enfermedades, la primera causa de mortalidad entre las mujeres de 15 a 45 años.
Mañana, sábado, se celebra el Día Internacional para la Eliminación de la Violencia contra la Mujer y ya que no es solamente la batalla contra los asesinos la que debe darse todos los días. No está de más que los hombres terminemos con la complicidad a la que nos lleva el silencio.
Las mujeres asesinadas, en su vida cotidiana, tienen alrededor hombres, tanto en su entorno familiar como en el trabajo, entre las amistades, etcétera. ¿Por qué entonces les cuesta tanto trabajo a los hombres denunciar el machismo, que, unas veces de forma velada y otras de la manera más grosera, acaba animando a los asesinos a no reconocer a la mujer como su igual y, por tanto, a ejercer toda su violencia contra ellas?
La lucha de las mujeres -especialmente en los últimos años- ha obligado a que se tomen medidas legales, y de todo tipo, contra la violencia ejercida por los hombres, pero es evidente que esas medidas, siendo necesarias, todavía no son suficientes.
Los asesinatos se siguen produciendo y la sociedad -fundamentalmente los hombres- no sólo debe de manifestar su solidaridad con la victima; sobre todo lo que debe hacer es manifestar su rechazo ante cualquier tipo de actitud machista que, al final, puede acabar desembocando en la violencia y en el crimen.
Los hombres no podemos permitir que en nuestro nombre «chacales que el chacal despreciaría» asesinen a personas por el hecho de considerarlas mercancía. En definitiva, por ser mujeres.