Se publicó días pasados un escrito en esta sección que decía: «La ofensiva reaccionaria que padecemos presenta varios frentes, y uno de ellos es el religioso. La Iglesia Católica trata de recuperar la influencia pública que tuvo en el pasado y para ello introduce un discurso erróneo: hacer compatible la fe con la razón». Como no comparto esta opinión, me permito discrepar.
No voy a defender a la Iglesia Católica, ya que no participo de sus creencias, y tiene sobradas personas que la defiendan, pero sí creo justo reconocerle su valía social. Algo tendrá de bueno cuando después de 2.000 años, a través de diferentes culturas, pueblos y naciones, sigue existiendo, con un bagaje de cientos de millones de seguidores a los que, según se puede ver, produce bienestar. Por ello, tiene por mi parte todo el respeto ella y sus seguidores. No entiendo que se le reproche hacer cambios, pues de hecho ya los está haciendo desde sus inicios y, según se deduce, con gran éxito.
No sé qué influencia pública pudo tener en el pasado, pero, si la tuvo, hay que reconocerle un mérito en cuanto que aquella sociedad tenía unos valores que desgraciadamente, sino perdidos, han degenerado, como se puede observar hoy en los centros de enseñanza. Hacer compatible la fe con la razón no es nada difícil, y de hecho la Iglesia lo demuestra con su existencia en un mundo con amplios conocimientos científicos. El ser humano no solamente tiene la capacidad de razonar, sino la necesidad de creer, sea en la religión, la ciencia, la familia, el trabajo, etcétera.
El escrito de referencia también decía que «el sueño de la razón produce monstruos», y en esto sí estoy de acuerdo. Hitler, con su sueño de un nacionalsocialismo que duraría 1.000 años, y la razón de la fuerza, creó el mayor caos mundial de la era moderna. El comunismo, con su revolución del 17 y los sueños de establecerlo en todo el mundo por la razón de la fuerza, llevó a Rusia a un retraso de 50 años y a la muerte de millones de personas. Actualmente, Estados Unidos, con sus sueños y su razón, está costando miles de muertos, y ya veremos con qué resultados termina. Bien se ve cuál es el resultado de los sueños y de la razón. No se puede, por tanto, dejar de reconocer que la Iglesia, con la fe y su pragmatismo, ha conseguido más que las grandes potencias mundiales con sus ejércitos. Su experiencia en los cambios parece garantizarle el futuro. Toda una lección para los gobiernos. Para terminar, malo que el artículo al que hago mención termine diciendo: «En este ámbito tendremos alguna posibilidad de entendernos».