Martes, 28 de noviembre de 2006
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GIJÓN

GIJÓN
compañero del alma
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Decir algo bueno sobre cómo han sido algunas personas importantes que nos dejan no suele ser difícil para todo aquel que escribe sin identificarse con el dolor que les produce esa pérdida. En mi caso, sin embargo, la sensación que siento es curiosa. Primero, porque conocí a Vicente Figaredo cuando el tenía ya casi ochenta años y, segundo, porque él estaba convencido de que toda muerte es segura y sé que ahora está donde el quería en el 'reino de los cielos' y eso me tranquiliza.

Siempre fue, a pesar de su edad, un profesional que analizaba los problemas con enorme claridad y precisión. Por eso, en mis etapas como ejecutivo en Juliana Constructora Gijonesa y como responsable y accionista en Naval Gijón, muchas veces departí con él para escuchar su punto de vista sobre la problemática del sector naval en aquella época. Había sido durante mucho tiempo consejero del Banco Central Hispano y primer ejecutivo de Naval Gijón y su punto de vista era para mí muy importante. Pero lo que siempre me llamó la atención de su personalidad era su calidad técnica como ingeniero naval, la agilidad para identificar los problemas técnicos que podían surgir en la construcción de un buque, su preocupación por la seguridad de los trabajadores y las soluciones que hacían fácil lo técnicamente complicado.

Animado conversador, escuchaba encantado su opinión sobre cómo los astilleros nacionales configuraban un sector de futuro en España y de Asturias, o sobre las ventajas que aportaba la globalización al mercado de construcción naval a nivel mundial, o cómo se puede organizar el equipo de trabajo para montar o desmontar el eje de cola de un buque sin diquearlo. Tengo que decir que siempre estuve de acuerdo con su forma de ver los problemas y con sus soluciones.

Hoy en día, no es fácil encontrar personas de esa edad con las que es un placer conversar una y mil veces, que escuchan y opinan, teniendo una diferencia de edad de casi cuarenta años. Pero yo me siento afortunado por haber disfrutado de la compañía de dos hombres que ya no están: Vicente Figaredo y Luis Orejas.

Quiero rendir homenaje, a tan excelente persona y amigo, con unos versos de Miguel Hernandez: «Del almendro de nata, te requiero/ que tenemos que hablar de muchas cosas/ compañero del alma, compañero».

 
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