DE creer al presidente Bush, el primer ministro iraquí, Nuri al-Maliki, es «el tipo adecuado para la situación», que ya es una guerra civil abierta en su desventurado país, el Irak.
Ayer se reunieron los dos hombres en Amman, la capital jordana y sede del reino sunní y hachemí de Jordania, la vieja Transjordania colonial donde los británicos instalaron una monarquía de importación que, milagrosamente, vistos los antecedentes hachemíes en Arabia, Siria o Irak, aún dura.
El encuentro añadió a su importancia intrínseca una nota de interés adicional al trascender que la parte iraquí decidió no acudir a la cena del día anterior porque Bagdad entiende que no se necesitaba a un tercero para abordar la crisis de Irak y menos aún si se quería tratar la cuestión israelo-palestina. En este ambiente, y tras el torrente de fugas sobre lo que será la próxima política de Washington en la región, todo indica que se está a la busca de un calendario probablemente doble: cuando empezará la retirada de tropas norteamericanas (los aliados británicos ya han hecho saber que para finales del año próximo quieren hacer las maletas) y cuando podrá certificar el gobierno iraquí su capacidad para manejarse solo.
De lo poco que se puede deducir del encuentro queda claro que Bush atenderá el eje central del Pentágono y las (eventuales) recomendaciones de la comisión Baker-Hamilton, esperadas para el miércoles, en al menos una cosa: acelerar al máximo el entrenamiento de las fuerzas militares y policiales del Gobierno iraquí para acompasar el calendario de la retirada al de la transferencia de la seguridad.
Los dos dirigentes reiteraron su convicción de que el país no debe ser dividido según criterios sectarios o étnicos, lo que es el discurso oficial de todo el mundo, incluidos los kurdos, que apuestan sabiamente por consolidar su autonomía y esperar acontecimientos. Al-Maliki cree, además, que tal reparto solo agravaría la situación y generalizaría la guerra civil en vez de clausurarla.
La entrevista, pues, no ofreció cambio sustancial alguno y su interés, en realidad, es del valor de un desmentido del propio Bush a la extendida convicción en Washington de que al-Maliki no da la talla. Este criterio estaba en un memorándum del consejero de Seguridad Nacional, Stephen Hadley, hace tres semanas, y su difusión causó sensación y comprometió en cierto modo el encuentro. Pero no hay tal cosa: al-Maliki es no solo el hombre adecuado para la tarea, sino el «fuerte líder que merece apoyo».