COMO te decía: Por más que cerrando los ojos recupero imágenes de pretéritos ayeres que están en mi juventud, y que busco y rebusco, queriendo encontrar el tiempo que se nos ha ido y la ciudad que era y vivíamos, de pronto, gozando la extraordinaria colección de fotos de G. del Campo, surgen por encanto lugares que unen nostalgia. Porque fueron, y ahora son, desaparecidos huecos en la memoria, y un montón más de emociones que van desde el asombro del cómo éramos, a la necesidad de entender que todo tiempo pasado no fue mejor. Y ahí está, para verlo y comprenderlo, ese Gijón que apenas sufre transformación desde el año 40, hasta que con el desarrollismo de los 60, ya en sus finales, la ciudad se hace otra. Desaparecen las casas del Humedal de dos pisos con corredor exterior, señoriales palacetes en la calle de Uría, las ciudadelas repartidas por todo el casco urbano, la fisonomía del Muro que, en un alarde de magia impura, asombra con su perfil remedo de Miami, dejando su larga y perenne sombra por más que se tapen sus horripilantes fachadas. Desaparecen los muelles comerciales de Abanto y Oriente, y el Fomento y el Fomentín, tras años de riqueza mal repartida primero y después de abandono e incertidumbre. Tapias que cierran fincas con protectores cristales de botella. Marmolerías que fueron casa Gargallo y otra adosada al convento de las Siervas de Jesús. Y unes casines de planta baja donde La Caperucita Roja o el estudio de Marín y otres por esos mundos de Dios. La calle de la Muralla, que, con otras, eran traseras medio ocultas, ahora ennoblecidas. Pero con esa misteriosa rapidez con la que se mueve la memoria, ahora estoy en dos lugares que fueron cita de encuentro, espacio lúdico, iniciación a la vida y unas cuantas cosas más. Nombres míticos al borde de la edad madura, La Farola y El Americano, laicas sacristías donde aguardar el espaldarazo a la hombría. Y de pronto, sin darnos cuenta, la añoranza. Hoy.