Miércoles, 6 de diciembre de 2006
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SOCIEDAD Y CULTURA

LA CLEPSIDRA
No es país para viejos
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La sociedad de admiradores de Cormac McCarthy crece entre nosotros cada vez que el autor de 'Rhode Island' publica una de sus atroces fábulas. McCarthy, a quien me arriesgo a definir como el autor que se ha atrevido a escribir las novelas que Faulkner sólo se atrevió a soñar, insiste desde hace más de cuarenta años en redactar una y otra vez la misma obra: un inmenso fresco, que irá ya por las tres mil páginas, donde se relata, con una crudeza que sólo la belleza de su prosa hace tolerable, el eterno conflicto entre los inocentes y los malvados, entre los que sufren y los que causan dolor, entre los que dan y los que quitan.

La última entrega de este viaje al fin de la noche siempre ambientado en la frontera entre México y Estados Unidos se titula 'No es país para viejos'. El genio de McCarthy brilla en esta novela con su solidez habitual, aunque los ropajes del thriller con que reviste esta nueva entrega de su mundo gótico y alucinado, hacen que mi asombro resulte incluso mayor. En efecto, buceando en los tópicos del género (en la novela hay robos, asesinatos, intrigas, persecuciones, delaciones, sicarios, personajes arquetípicos y humor negrísimo), McCarthy los pulveriza y urde una trama que se lee con la misma ansiedad que una novela de Patricia Highsmith, pero que respira con la densidad de una tragedia de Esquilo.

Mucha gente sostiene que la fuerza de la palabra no puede nada contra la expresividad de la imagen. Imagino que opinan así porque no han leído a McCarthy. El miedo, que es una de las emociones más antiguas, gregarias e importantes para la supervivencia de la especie, visita a todo lector de este enorme escritor con una intensidad que toda la hemoglobina, todas las máscaras y toda la música de suspense del mundo serían incapaces de procurar en una pantalla. Cómo generar miedo y angustia sólo con palabras, y cómo lograr además que ese miedo y esa angustia se conviertan en un placer estético, es un misterio al alcance de muy pocos artistas.

Desolado, audaz, esplendoroso. Así camina McCarthy hacia su propia vejez biológica, oriundo de un país que contados escritores han logrado pisar a lo largo de la historia. Nos queda, al menos, el privilegio de poder leerle.

 
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