TIENE la temblorosa palidez de los vampiros que chupan sangre en miles de libros al mismo tiempo. Parece extranjera o enferma, enferma de literatura, aparecida en mitad de la calígine de las novedades y los clásicos. Su apellido tiene algo que nos invita a quedarnos con él: Adón. Su literatura es literadura. Ha traducido a Henry James, haciendo ella de paso la novela henryjamesiana ('Las hijas de Sara', Alianza editorial), con todo el psicologismo del clásico y una elegancia añadida para actualizarlo a través de una trama «absolutamente moderna». Nos habla de autores difíciles/raros en sus críticas literarias: Haruki Murakami, Rachel Cusk, Herbert Read, Hari Kunzru, Dorothy Sayers. Parece gustar del camaleonismo: muchos terrenos, muchos dominios, insatisfacción permanente, alto registro.
Parece hacer lo que le da la gana, sin buscar la venta, el llegar a todos los párvulos, o vender miles de millones de ejemplares. Se torna exquisita, oh, cuanto más se profundiza en ella, haciendo una cosa rara y muy divertida: 'adonismo'. Al fin y al cabo, es lo que toca, porque del adanismo ya hablaron muchos largo y tendido.
La inmersión en Pilar Adón tiene que venir de tres libros que le han salido muy seguidos y muy rotundos: 'Las hijas de Sara' (Alianza), 'Sarine Kceri' (Editorial Duende), 'Viajes inocentes' (Páginas de Espuma). Imagino el último -'Viajes inocentes'- más mediático- como una clave o chispa prodigiosa para entender los otros dos. 'Las hijas de Sara' es un triángulo perfecto: dos hijas viven con su padre, buscando el recuerdo constante de la madre ausente, en un ambiente que es puro desasosiego y aislamiento.
La soledad en su segunda novela -Sarine Kceri- ya se tilda de absoluta, bordeando casi con la locura, y una feminidad propia de las grandes del género (Marguerite Duras, Yourcenar, Virginia Woolf). Esta última novela me parece la más arriesgada, la más sexual, por la que quizás debería haber recibido algún premio Gordo. Hay una locura extraña en su prosa, que brota de los manantiales ya dichos (soledad, aislamiento) pero con una fiebre, o musicalidad, que no sé de donde viene. Quizás de sus colmillos. Tampoco hay que darle más vueltas. Quizás de sus sombras; soberbia y lúbrica palidez.