John Lobb es al calzado lo que el Rolls Royce al mundo automovilístico. Sus preciados zapatos sólo podían comprarse en España en las exclusivas tiendas Hermès y Santa Eulalia, de Barcelona, pero ahora la firma acaba de abrir su primera franquicia en Madrid (Núñez de Balboa 16). Tras ella está un grupo de jóvenes empresarios, capitaneados por Gregorio Fernández, muy metidos en el mundo de las marcas de lujo de la indumentaria masculina. «Madrid se merecía tener una tienda exclusiva con este tipo de zapatos, para que no haya que desplazarse a Londres o a París a comprarlos. Hicimos un estudio y vimos que la marca tenía muchos seguidores españoles, que los adquirían por puro placer, por refinamiento, al igual que hacen con ciertas marcas de relojes», asegura el máximo responsable.
John Lobb de Madrid ha sido decorada por un estudio francés de diseño perteneciente al grupo Hermès y, si bien el producto y la marca son de la firma del grupo LVHM, la tienda es propiedad de Gregorio Fernández y sus socios.
Fernández es un exquisito del buen vestir y mejor calzar que «invertía» en zapatos de John Lobb como «fondo de armario» cada vez que viajaba a Londres. No dudaba en acudir a «la tienda más bonita del mundo», que es como se ha descrito a ese espléndido local, con artesonado de madera, sito en un edificio construido en la época de Eduardo VIII al lado del Palacio de St. James, la única tienda propiedad de la familia de John Lobb, pues todas las demás se vendieron a Hermès en los años setenta, que, desde entonces, dirige los pasos elegantes del mundo.
Los del Príncipe de Gales
La historia de John Lobb, un granjero de Cornualles (el lugar cuyo condado ostenta la esposa de Carlos, Príncipe de Gales) es bastante peculiar. Llegó a Londres a finales del siglo XIX, y se convirtió en el artesano-zapatero más famoso de la ciudad, hasta el punto de que el entonces Príncipe de Gales, después Eduardo VIII, no dudó en acudir a su taller a calzarse.
La marca se convirtió así en sinónimo de calidad y elegancia. Con el tiempo cuidó y mimó los pies de reyes, príncipes, maharajás, aristócratas, políticos, hombres de negocios, escritores (Oscar Wilde), tenores (Caruso) y gentes del arte, incluso del séptimo, como Hitchcock. Sus descendientes han seguido cuidando de los pies de ese pequeño mundo que puede permitirse el lujo de pagar un mínimo de 700 a 1.000 euros (por unos de «prêt-à-porter») o los 3.500 euros por los hechos a medida (alta costura).
Lo primero que hacen en la casa después de tomar las medidas de los dedos, del talón, del empeine, de la planta... es fabricar un molde de madera, que se irá modificando a medida que pasen los años, pues aunque el pie es de lo que menos cambia, con el tiempo sí se puede deformar. Esta horma permanecerá en la casa para sucesivos encargos. Como curiosidad, en la mítica tienda londinense de St James conservan las hormas de Eduardo VIII y del maharajá de Jaipur. Son el testimonio vivo de tiempos gloriosos.
Con clavos de madera
Incluso los zapatos que no están hechos a medida también tienen su horma (estándar), la que marca el número, y un minucioso cuidado en su elaboración: máquinas de artesano para coser las piezas a una cinta y ésta a la suela, clavos de madera para el tacón (si se mojan no encogen, pues la madera se ensancha y se hace más resistente), pequeñas piezas de madera para debajo del empeine para que no se arrugue y mil detalles más.
«No hay nada más elegante que un zapato de bovino con un buen lustre y una pátina especial en la puntera y ésto, junto con las pieles que utilizan, lo consiguen los zapatos de John Lobb, donde todo son detalles», afirma Luis Sanz, consejero delegado de Santa Eugenia en Barcelona, y el primero que los trajo a España a finales de los años 90. «Se venden mucho, y más en Navidad, porque es muy elegante salirse de lo que lleva todo el mundo. La belleza de estas piezas está en la sutileza y el que entiende de sutilezas es elegante», apostilla.
Y para sutil, el tratamiento que dan a estos zapatos. Para empezar, sólo se emplean las mejores pieles de bovino, esas que proceden de los países fríos (Gran Bretaña y Holanda) porque tienen el poro más pequeño y, por tanto, son las más perfectas. En la firma desechan el 40 por ciento de la piel (abdomen, cuello...), mientras que otras marcas lo aprovechan todo gracias al tratamiento de poliuretano (tinturas con resinas plásticas) con el que tapan los defectos. En Lobb las pieles sólo se tratan con anilinas naturales, de ahí su buen envejecimiento, y cuando se cortan se hace simétricamente y de la misma parte del animal. También trabajan pieles exóticas como la raya, el elefante, el cocodrilo y el avestruz, y en tonos normales, más o menos discretos, y otros más exóticos, como el gris oscuro, el azul noche e, incluso, el verde oscuro. Pero siempre tan refinados que apenas se aprecia la «extravagancia».
Todo buen zapato ha de guardarse en una horma de madera y con un barniz que permita el paso de la humedad, para que absorba el sudor. Lo ideal es no ponerse el mismo zapato más de dos días y guardarlos siempre bien limpios. De la crema no hay que abusar, con darla cada quince días (depende del uso y del clima) es suficiente, pero la cera es el mejor aliado del zapato. Lo que le da brillo y carácter.
«Unos zapatos de John Lobb duran toda la vida si se cuidan. Si se gastan las suelas no hay que cometer la torpeza de llevarlos al zapatero de la esquina, sino a la fábrica», puntualiza Luis Sanz, quien añade que el mundo ha cambiado mucho y que si antes los zapatos a medida eran cosas de «viejos y aristócratas», hoy la gente joven más cultivada sabe apreciar el detalle de lujo discreto que, al fin y al cabo, es lo que distingue a unos de otros.