Un joven de 36 años, J. R. Ll., mató ayer a uno de sus vecinos, Cesáreo Fernández Pando, de 63, con una guadaña y sin ninguna razón aparente en el pequeño núcleo rural de Vendillés, en el concejo de Yernes y Tameza. La mujer de la víctima, Mari Luz Moutas pudo escapar y, tras un kilómetro y medio de huida, pedir ayuda.
Ayer, al igual que todas las mañanas, Cesáreo fue a Vendillés para cuidar de la finca familiar. Vivía en Grado, pero todos los días subía a su pueblo natal para hacerse cargo de los animales que criaba. Aún desde el coche y acompañado de su mujer, se dio cuenta de que la puerta de la cuadra estaba abierta. Nervioso, se bajó del vehículo y entró en ella. Todo estaba desordenado y lleno de cristales de botella. Quien hubiese hecho eso también había soltado a una de sus vacas, que campaba a sus anchas en el prado de en frente. Prudente, recogió en un caldero los restos de cristales y salió de la cuadra para tirarlos. Entonces, uno de sus vecinos -el más «joven y problemático» y el que menos tiempo llevaba en el pueblo- le tiró al suelo de un estacazo y comenzó a propinarle una brutal paliza. «Espera, que ahora vas tú», amenazó a Mari Luz, quien presenciaba aterrorizada los hechos.
Mientras J. R. Ll. -quien, según los vecinos, es consumidor habitual de drogas- acababa con la vida de Cesáreo atravesándole con una guadaña, su esposa echó a correr para pedir ayuda. Tras un kilómetro y medio de huida, Mari Luz se encontró con un vecino de un pueblo cercano que estaba cuidando al ganado y pudo llevarla en coche a la localidad más cercana. «Venía completamente sofocada, agotada. Bajamos hasta Murias, a unos dos kilómetros de aquí y llamamos a la Guardia Civil», relató el hombre.
Antes de llegar al desvío de Vendillés, los agentes se encontraron con J. R. Ll. quien, portando una navaja, les miraba desafiante. Estaba muy cerca del punto en el que Mari Luz había encontrado ayuda. Quizás, comentaban ayer los que se acercaron de municipios cercanos, el agresor estaba aún buscándola.
Minutos antes, había golpeado a patadas la puerta del único vecino que, una vez detenido J. R. Ll., quedaba en el pueblo. «Me levanté pronto y desayuné. Como era muy temprano decidí acostarme un rato más. Luego, oí las voces...», recordaba la única persona que se encontraba en Vendillés en el momento de la agresión. Cuando oyó los golpes en la puerta, no abrió. «Tenía miedo de ese hombre», como casi todos los que habitan en los alrededores.
Acordonado
Con la llegada de la Policía Judicial de la Guardia Civil de Pravia, la Científica de Oviedo y varios agentes de Grado, el pueblo quedó acordonado casi por completo. Vendillés no es de fácil acceso y quedaba por delante una larga mañana en la que esperar al juez y al forense. Dentro del perímetro cortado, Mari Luz -quien tuvo que volver al lugar de los hechos- y dos de sus hijas, hablaban con los agentes. El cuerpo de Cesáreo no fue trasladado a Grado hasta las cuatro de la tarde.
La víctima tenía cinco hijas y disfrutaba de su prejubilación de la fábrica de armas de Trubia. «Ya se han muerto todos sus hermanos, así que le gustaba venir cada día a cuidar de la casa en la que había pasado su infancia», comentaban sus conocidos. Apenados, los vecinos concluían: «Se han acabado los pueblos».