EL informe del Grupo Intergubernamental sobre Cambio Climático, promovido por la ONU y para el que han sido consultados 3.000 científicos, ha confirmado los peores augurios: el deterioro medioambiental no sólo se ha convertido en un hecho incontrovertible, sino que la acción del hombre es determinante en el progresivo desgaste del planeta. Ese diagnóstico pesimista se redondea con la advertencia de que si no se produce una rápida modificación en los comportamientos humanos, los desajustes climáticos continuarán agravándose. Porque la certeza sobre esa responsabilidad directa en el calentamiento del planeta se ha incrementado desde el 66% constatado en el informe de 2001 hasta el 90% que establece el difundido ayer. Este dato resulta esencial para comprender la magnitud del problema y diseñar las medidas para intentar paliarlo, porque ya no cabe escudarse en que el empeoramiento en el medio ambiente responde a la evolución natural de los ciclos climáticos.
De hecho, la devastación ha adquirido tal envergadura que ha forzado recientemente al presidente de EE UU, el país más contaminante del mundo, a comprometerse a tratar de ponerle remedio tras años de resistencia. Junto a ello, los mensajes que alertan sobre las consecuencias del calentamiento global de la Tierra parecen haber despertado la conciencia ciudadana tal y como quedó demostrado en el 'apagón' promovido el jueves. La primera iniciativa de alcance mundial supuso, en el caso concreto de España, un recorte del 2,5% en el consumo, una cifra apreciable que ha desvelado el despilfarro que se produce en la utilización de la electricidad.
La constatación de que el efecto invernadero está determinado fundamentalmente por la emisión de gases derivados de la combustión de petróleo, carbón y gas hace que las iniciativas a adoptar resulten más complejas que el diagnóstico. La dependencia energética en el desarrollo y el crecimiento económicos condicionan extremadamente la limitación del consumo y venta de los combustibles fósiles, un obstáculo que se ha hecho patente en el caso de pujantes países asiáticos como China, cuyo despegue está llamado a provocar una fuerte demanda de energía. Esta evidencia, lejos de provocar resignación, ha de servir de acicate para activar medidas que vayan desde la sustitución doméstica de las bombillas convencionales por las de bajo consumo, hasta leyes que impongan a las grandes superficies el uso de bolsas reciclables o el impulso a la sustitución de los combustibles fósiles por energías renovables. La gravedad del deterioro del planeta y la responsabilidad de evitar una herencia tan desoladora obligan a plantear urgentemente acciones de alcance global que desemboquen en una estrategia comprometida y eficaz de protección del medioambiente.