Sábado, 24 de febrero de 2007
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SOCIEDAD Y CULTURA

Sociedad
Así nació el gran espectáculo
Hoy se cumplen 400 años del estreno en Mantua de la ópera 'L'Orfeo' de Monteverdi, considerada la primera pieza del género
Monteverdi encontró la receta; tal vez no inventó la pócima, pero sí dio con la combinación idónea de elementos. Con el estreno de 'L'Orfeo' el 24 de febrero de 1607 en Mantua nacía el género más completo que existe. La ópera es el espectáculo total, que combina música, canto, literatura, teatro y danza. Para conmemorar estos primeros 400 años, acaban de celebrarse unas jornadas en la Accademia degli Invaghiti de esa ciudad italiana.

¿A quién se le ocurrió cantar actuando sobre una escena teatral? Lo único claro es que todo 'avance' cultural se concibió para diversión de príncipes y nobles. La ópera no fue menos. Desde el Renacimiento, el gusto por el canto y danza, todo ello bajo el manto de los temas mitológicos y pastoriles, con grandes dosis de amor-odio, fue una constante en todos los espectáculos cortesanos. A finales del siglo XVI, la Camerata florentina interpretó diversas 'opera in musica' para la corte de los Medici, como el 'Euridice' de Jacobo Peri, el gran predecesor. La fórmula viajó con éxito por Italia y los Gonzaga, de Mantua, encargaron a Claudio Monteverdi (1567-1643) que escribiera una obra del nuevo género a partir de un texto del poeta Alessandro Striggio. Así surgió 'La favola d'Orfeo' ('L'Orfeo' para la posteridad).

La diferencia de esta pieza con las formulaciones anteriores radica en que Monteverdi utiliza una gran cantidad de instrumentos, que introduce según le conviene para marcar el drama de la historia. Además, exige el virtuosismo a los cantantes, que dramatizan con su voz una historia. Mitológica y de amor, por supuesto. Fue, sin embargo, el cambio en la estructura del teatro (de herradura) durante el barroco lo que facilitó la difusión de la ópera hasta hacerla una de las más populares.

Lo que viene después es el desarrollo de un género que para algunos alcanza su máximo esplendor en el siglo XIX, con compositores como Bellini, Verdi, Wagner... La resistencia mostrada por un amplio sector de los aficionados hacia la música contemporánea es evidente. Ésta es una de las razones por las que se plantea periódicamente dónde está el futuro del género. Sólo títulos como 'Wozzeck', de Alban Berg y 'Peter Grimes', de Benjamin Britten, por citar dos de los más conocidos, tienen cabida habitual en las temporadas líricas.

Otro de los motivos de conflicto es el desplazamiento del 'poder' dentro del espectáculo hacia el director de escena. Pese a resultar ya un tópico, la puesta en escena hoy es fundamental y el empeño de algunos para hacerla más impactante -¿atractiva?- ha provocado bastantes escándalos, cuando no malestar entre los intérpretes. Los tiempos han cambiado y las jóvenes generaciones de cantantes son profesionales con un instrumento muy especial: la voz. Los grandes divos del género como la Callas, Tebaldi, Di Stefano... son geniales voces, algunas insuperables por ahora, pero con formas de comportamiento del pasado.

El coste de las producciones aparece hoy, más que nunca, como uno de los principales enemigos; de ahí la proliferación de las coproducciones entre teatros. La ópera depende ahora de cómo conjugar esos costes que implican los nuevos gustos y formas de escenificar y cantar la historia con la atracción de nuevos aficionados que garanticen esa continuidad. Algo así como las pensiones y las cotizaciones a la Seguridad Social.

Pese a todo, la ópera goza de excelente mala salud, como siempre.

 
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