Aparecieron el Día de San Valentín. Miles, cientos de miles de brillantes cuadraditos negros con letras de colores distribuidos por toda la ciudad. Sexys, elegantes, modernos, divertidos. Están en los bares de moda, en las tiendas del Soho, en los restaurantes más 'cool', en los spa. Basta con alargar la mano hasta la pecera de cristal al lado de la caja registradora, como el que coje un caramelo mientras la dependienta acaba la cuenta.
Nueva York ha retomado el 'Póntelo, pónselo' español de los noventa y lo ha relanzado con el diseño más vibrante del mercado, de tal modo que hasta el que no tenga ni la más remota intención de usar un condón quiera llevarse uno al bolsillo. Me parece que la excusa de «no tengo ninguno» va a caer en desuso. El primer preservativo patentado por un Ayuntamiento lleva el logotipo del metro neoyorquino, el mismo por el que pagan los turistas para llevárselo a casa en bolsos, camisetas o tazas de café. Seguro que dentro de poco acaba en el Museo de Arte Moderno (MoMA).
Los puritanos del país se habrán llevado las manos a la cabeza, como hicieran también en España en su día, porque esto de repartir condones gratuitos les parece como incitar a la promiscuidad. En la América profunda, donde ven la Gran Manzana como una Sodoma y Gomorra, reforzados por las imágenes violentas de las muchas películas que se ruedan en Nueva York, habrán pensado que no podía haber sido en otro lado. Y seguramente tengan razón.
La propia campaña se ríe de esta mentalidad en la serie de animación tipo cómic con la que promociona «el condón que habla todos los idiomas», dice un eslogan (www.nycondoms.org). «¿Hay otras ciudades que tengan sus propios condones?», pregunta una voz que sale de una de las habitaciones oscuras en el perfil nocturno de los rascacielos. «No, de hecho he oído que en Boston han tenido que dejar el sexo», responde su compañero. «Ah, pero ¿en Boston tenían sexo?».
Contra la doble moral
Pues sí, en la católica Nueva Inglaterra también se les sube la bilirrubina y hacen el amor, apuesto a que no sólo para procrear, por mucho que así lo mande la Santa Iglesia. El peculiar alcalde de Nueva York, Michael Bloomberg, un multimillonario que ahora milita en el partido republicano, se ha ganado a pulso el respeto de todos con decisiones sensatas como ésta que atentan directamente contra la doble moral de su formación política.
Lo dice la ONU. Los gobiernos del mundo han bajado la guardia en la lucha contra el sida, y gracias a eso ya no es una epidemia de drogadictos y homosexuales, como empezase, sino que hoy se expande con más rápidez entre las mujeres heterosexuales que entre ningún otro grupo. De hecho, la campaña española es uno de los ejemplos que pone el organismo de lucha contra el sida de la ONU (UNAIDS, en español ONUSIDA) para demostrar la efectividad que tienen estas iniciativas públicas a la hora de detener la curva ascendente de esta fatídica enfermedad, que además de matar estigmatiza al enfermo como un indeseable.
A Bloomberg, he de admitir, le eché la cruz el día que eliminó de un plumazó el programa de reciclaje y la base gratuita de periódicos por internet que tenían las bibliotecas públicas, todo ello como parte de su plan para sanear las cuentas en números rojos que tenía la ciudad. Fueron dos decisiones estúpidas que ha tenido que revertir, provocadas por la mentalidad empresarial que le sirvió para crear de la nada la mayor agencia de noticias económicas del mundo, que lleva su nombre, pero que nada tiene que ver con la forma en la que se rige una ciudad, donde el objetivo no es contentar a los accionistas sino buscar el beneficio público. A su favor hay que destacar que su primera medida fue bajarse el sueldo a un dólar al año, lo que demuestra que no sólo no necesita el dinero sino que tampoco le interesa.
Con los años ha entendido las verdaderas demandas de esta urbe y ha sabido estar a la altura. Para alguien que milita en el partido conservador de George W. Bush, la iniciativa de repartir condones por toda la ciudad sólo puede ser considerada como un signo de identidad propia que tan bien encaja con el Nueva York que gobierna. «El cielo es el límite», dice el eslogan más identificado con la ciudad de los rascacielos.
Seguro que no faltará el listo de turno que a media noche te saque uno de estos condones en un balcon con la ridícula excusa de que tiene que probarlos, pero los ligones burdos sí son un mal común en todas las ciudades del mundo.