Domingo, 25 de febrero de 2007
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Noticias de otro siglo
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MISTERIO. El viajero buscaba fonda en un castillo encantado y se encontró con un fantasma. / JUAN CARLOS ROMÁN
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y ya ven ustedes lo que a mí me pasa: todo eso me aburre, como aburre a sus lectores, y me viene un no sé qué irremediable de convertirme en gacetillero del XIX, o poeta del mil cuatrocientos y pico, y la vida se me va en pensar en lo que pude ser y no fui y en la maravilla de no ser concejal del gremio. Y como uno es como es, y tiene la libertad de elegir, hoy me convierto para ustedes, por un momento, en gacetillero. A mí, qué le vamos a hacer, lo que más me gustaría en esta vida es ser escritor de almanaques. ¿Recuerdan aquel zaragozano? Venía la fecha, el santo consagrado en el día y por detrás un aforismo de Rochefocault o una descripción, tan exacta que daba casi miedo, del vuelo de las golondrinas. Le doy la vuelta a la página del 25 de febrero de 2007 y me encuentro, qué sorpresa, con una noticia publicada por 'El Heraldo de Tineo' en 1887. Por entonces ya tenía algo de anacrónico y hoy gana, o eso me parece, algo de misterio.

En 1887 no se escribía para la posteridad: lo único que se pretendía es que el lector, sentado junto al fuego, se demorase en la página del periódico que, sin duda, acabaría atizando el fuego. Me lo imagino con los pies calientes, un vaso de vino en la mano y considerando si la letra impresa merecía media atención o la clemencia del fuego. Ustedes deciden. La historia se titula 'Los fantasmas de la Casa Grande' y dice así:

«El otoño pasado un caballero de Xixón pasó en diligencia por Tineo, que como nuestro lectores saben es como braña la mejor de España y como villa una maravilla. La cuesta del Fondar la subió a pie, para que no reventase la caballería, y le contó a uno de Paniceiros la siguiente historia que vivió él mismo.

Cuando medio año antes el viajero iba para Galicia, a unos negocios en Lugo, llegó a última hora a un pueblo, que tenía un hermoso castillo en un otero, y decidió pasar allí la noche. El posadero le dijo que no le podían dar cama porque iban a ejecutar a un paisano al día siguiente y que tenía hospedados a los tres verdugos. El caballero de Xixón, que se dedicaba a la cristalería, estaba muy cansado por el viaje y pensó que si no en la posada habría sitio para él en el castillo, que seguro que el señor de la cama tendría una cama limpia para él. El posadero le dijo:

-Siga usted hasta Tineo y no se detenga en Salas. En el castillo hay muy buenas habitaciones y camas con cortinas de seda. Pero no os aconsejo 'acabar' ahí. Desde que se murió el señor, ahí sólo hay fantasmas.

El caballero de Xixón sonrió. Era un hombre valiente, e ilustrado, y no le preocupaban ni poco ni mucho los fantasmas. Se fue al castillo, pidió posada y estipuló el precio por una noche».

Aquí se me acaba el cuento pues, efectivamente, el lector de aquellos días decidió encender con la página de 'El Heraldo de Tineo' su cigarro y sólo tengo esta página, quemada, en la que falta la resolución. Yo me digo que si se lo contó en Tineo se salvó de lo que le pudo suceder y no me contento: a fin de cuentas, quien visita un castillo encantado, y se lo cuenta a uno de Paniceiros, algo tiene que callar. Yo me imagino que fue así y que ya no tiene remedio. El viajero de Xixón ascendió por el camino del otero en dirección del castillo. En la fuente encontró a una muchacha bellísima que le propuso acompañarlo hasta las puertas del castillo y formalizar el trato. Es una subida que va dando vueltas, como daría vueltas la conversación sinuosa de la muchacha. Sólo sé que cuando llegaron a aquella ruina al caballero de Xixón aquella muchacha le parecía la muchacha más hermosa del mundo y que estaba fatalmente enamorado.

-¿Le han dicho en la posada que en este castillo hay fantasmas?- preguntó la muchacha.

-¿Yo no creo en fantasmas!- dijo el caballero de Xixón.

-Pues yo sí- dijo la muchacha justo antes de desaparecer.

A uno lo que más le gustaría ser, en estos tiempos que corren, sería escritor de un tiempo suficientemente lejano. Y aparecer cordialmente, sin que se note.

 
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