JUNTO al broncíneo Augusto se elevaban al cielo unas nubecillas de humo que, en el código de señales de los sioux y los navajos, se interpretan así: «Estoy aquí, caracagá».
Hacía tiempo que el viejo playu Adriano Mareaxes no ponía en práctica las habilidades fumosas procedentes de su inseparable puro. Cuando llegué a su altura me saludó con su típico «¿qué hay, gallu!», para explicar luego:
-Estuve una temporada encamáu y sin apenes fumar porque me encontraron unes manches en les cavernes bronquiales.
-¿Ya está curado?
-Sí, home, sí... Al final, resultó que eren unos dibujos prehistóricos como los de Tito Bustillo. Coses de la edad, bobín.
Expulsó luego una bocanada de humo que se fue transformando en el signo del euro. Sopló para hacerla desaparecer con mayor rapidez, y comentó:
-Por si no captase la sutilidá, quería expresar que con la pensión que cobro llego a fin de mes de putu milagru. Y eso que los únicos vicios que tengo son el tabaco, la sidra y el tinto peleón.
-¿Menuda pareja formarían Elena Salgado y usted!
-No me jodas, Arturín, que ye mucho más divertido ser viudu como yo, e ir de vez en cuando a Benidorm pa intentar poner el merucu a remojo. Ahora, con esi gran invento de la viagra no ye necesario esperar el día que más añoren los vieyos franquistas: el 18 de julio.
-¿Eh, ho?
-El día del alzamientu nacional, jodío.
Minutos después nos hallábamos los dos en un chigre ante una fuente de oricios y unas botellas de sidra. Entre equinodermo y equinodermo y entre culín y culín, comentó:
-Aunque tuve moces a barullu, lo cierto ye que la difunta Lidia fue la muyer de mi vida. Quísela tanto que hasta estuve a puntu de haceme de una secta que cree en la reencarnación, y así poder casáme con ella unes cuantes vides más. Parezme que fue ayer cuando íbamos en el tren hasta León en el viaje de novios, y al llegar al apeaderu de Noreña, la probina, que nunca había salido de su barrio de Cimadevilla, agarróse a mí temblorosa y díjome en un susurru: «¿Ay, Adrianín, qué grande ye'l mundo!».
Achacó al humo del cigarro la humedad que asomó a sus ojos.