Si quieres conocer tu cuerpo mírate en el del puerco». Así rezaba un dicho popular que ayer Joaquín Fernández (Oviedo, 1943), jefe del servicio de hematología del Hospital de Cabueñes, utilizó para explicar alguna de las creencias sobre las que se basa la medicina popular asturiana. El médico ovetense pronunció el discurso de ingreso como nuevo miembro permanente del Real Instituto de Estudios Asturianos con una conferencia titulada 'Concepto de salud y enfermedad en la medicina popular asturiana', en la que desgranó muchos de las ideas que nuestros ancestros tenían sobre la enfermedad y posterior sanación, algunos de las cuales han llegado hasta nuestros días.
«Hace unos cuantos años fui llamado para curar la ictericia de un bebé de Felechosa, tras comentarle a su abuela que lo de su nieto tenía fácil solución en un hospital, ella me contestó: ¿Menos mal porque es época de escasez de piojos! En aquel lugar el tratamiento para esa enfermedad era la ingesta de ese insecto vivo mezclado en un biberón con leche materna», señala el hematólogo. Por suerte para el bebé, el tratamiento era inocuo: ni curaba, ni provocaba otros padecimientos. En otros lugares de la región la receta era menos prosaica. Si el niño se ponía amarillo se le llevaba a la vera del río durante un día de sol, cuando su sombra incidiese en las aguas la corriente se la llevaría junto a la enfermedad.
Algunos de aquellos tratamientos tenían mucho de simbólico porque «la enfermedad estaba relacionado con la culpa, el pecado y debía ser expulsada», apunta el doctor. La medicina popular asturiana no difiere mucho del resto de la de Europa Occidental porque el cristianismo unificó tratamientos. En alguno de los viajes del médico por Hungría, Polonia y Alemania comprobó que algunos remedios eran parecidos. «La enfermedad procede de Dios, así que el mayor curandero va a ser el sacerdote». A partir de ese momento hasta los santos adquieren categoría de especialistas: San Roque de la peste, Santa Lucía de los ojos, Santa Ana del parto, San Emetéreo de la traumatología...
Después de cuarenta años de profesión, Joaquín Fernández asegura que, «aunque sea un ferviente creyente, en mi consulta no he visto todavía ningún milagro, a lo mejor pasaron por delante, pero no los vi». Muchos de sus pacientes con tumores malignos optaron por remedios fuera de la considerada medicina tradicional y «la mayoría se enfrentaron a un final más doloroso y menos digno que el ofrecido por la medicina con base científica», apunta. Para el doctor la reciente llegada de inmigrantes, muchos de ellos con profundas creencias, incrementará considerablemente el número de curanderos y advierte que entre estos «hay mucho aprovechado. Con las enfermedades del alma pueden tener un efecto psicoterapeútico positivo, pero con las dolencias físicas es otra cosa», aclara el hematólogo.
Aunque el médico ovetense no confía en la eficacia de los remedios populares ha dedicado media vida a analizarlos. 'Curanderos y santos sanadores' y 'La medicina popular española' son dos volumenes resultado de los estudios del hematólogo. «El interés me viene por vía familiar, mis padres pertenecen al mundo rural allerano y allí he tenido mucho contacto con la sabiduría popular y las tradiciones». Esa atracción ha llevado a Joaquín Fernández a escribir tres cuentos basados en la tradición oral, 'Cosas de osos', Maldades de lobos' y 'Las vacas también piensan y sienten' muestran la relación del hombre con los animales. Algo que algunas veces también se relaciona con la medicina popular y como ejemplo el de aquel antropólogo alemán que en una isla de Madagascar llena de pulpos observó a una tribu que todas las mañanas sacaba a sus ancianos de sus chozas y les masajeaba con aceite de coco el intestino. Sorprendido ante tan eficaz tratamiento para el estreñimiento consultó al jefe de la tribu y este le dijo que sólo lo hacía porque la caca alejaba al 'gran pulpo'.