En principio, Ray Loriga y su acicalado aspecto de rocker tatuado desentonan tanto en un convento como cubrir con hábitos a la sensual Paz Vega. Diez años ha tardado el escritor en empuñar una cámara tras debutar con la curiosa 'La pistola de mi hermano'. Loriga no ha tenido una iluminación. Se acerca a Teresa de Jesús con el mismo ánimo de Scorsese cuando retrata al púgil Jake LaMotta en 'Toro salvaje'. Contempla el descenso a los infiernos y la redención de alguien que lucha contra sus propios demonios y contra los demonios del exterior.
Extraer tensión de los desvelos de una mística entre las paredes de un convento se antoja veneno para la taquilla. Incluso si la Conferencia Episcopal echa un cable con críticas que son publicidad gratis. Loriga ha reservado el escándalo para el sugerente póster: 'Teresa. El cuerpo de Cristo' muestra con pudor los éxtasis de una santa que se proclama «engolfada de Dios, que de tanto quererlo lo he hecho ya mi prisionero».
Hay un esfuerzo de síntesis en contar la vida de la protagonista hasta llegar al convento. Buen cine. La estilización alcanza a la suntuosa fotografía de José Luis Alcaine, inspirada en Rivera y Zurbarán, la estremecedora música del genial Ángel Illarramendi y un provocador, excesivo vestuario de Eiko Ishioka, ganadora de un Oscar por el 'Drácula' de Coppola.
Al lujoso diseño de producción se une un impecable reparto de secundarios -Manuel Morón, Eusebio Poncela- que rodea a Paz Vega, todavía con problemas de dicción para enmascarar su acento sevillano. A la Teresa de Ray Loriga le duele la fe. Su mérito es que hasta el más agnóstico comparta su lucha por vivirla en una España mísera y conquistada por la soberbia eclesial.