La casualidad ha ayudado, y mucho, a reconstruir la ciudad romana de Gijón. Ayudó en 1903 a encontrar las termas en el Campo Valdés y ayudó, en 1982, a hallar los restos de la muralla en la zona de la plaza de Jovellanos. En ambos casos, las obras hicieron que la historia viera la luz. En ninguna de las dos ocasiones fue fácil continuar el trabajo y convencer a la ciudad de la importancia de proteger aquellas piedras, sobre las que está escrita la historia de la ciudad. En este caso, sobre Cimadevilla, lugar elegido para el asentamiento de la población romana, en torno al siglo I antes de Cristo.
El 10 de marzo de 1903, unas obras de alcantarillado del Campo Valdés dieron con unos «supuestos interesantes descubrimientos», contaba entonces EL COMERCIO. Alejandro Alvargonzález (alcalde de Gijón de 1886 a 1890), Julio Somoza (erudito e historiador) y Calixto Alvargonzález (primer director de este periódico), advertidos por el dibujante Nemesio Martínez Sienra, pusieron en marcha las investigaciones. Viajaron a Roma, Pompeya e incluso Finlandia para conocer otras termas y comparalas. A pesar de sus esfuerzos, el desinterés por la arqueología y las dudas sobre la importancia del hallazgo sometieron al olvido las memorias que sobre aquellos trabajos había redactado Calixto Alvargonzález. No fue hasta 1965 cuando el Ayuntamiento las publicó, aunque desde la década de los 50 las termas podían ser visitadas.
Construidas entre los siglos I y IV antes de Cristo, tuvieron todavía que enfrentarse a más inconvenientes. Las excavaciones se reanudaron en 1990 para dar con la verdadera envergadura de las termas. Los trabajos duraron mucho tiempo y los vecinos llegaron a temer que el Ayuntamiento pensara construir un edificio en el Campo Valdés. Las protestas fueron muchas y sonoras. Vecinos de Cimadevilla hicieron oír sus quejas contra las vallas de protección, tal y como recordaba esta misma semana el presidente del Principado, Vicente Álvarez Areces, entonces alcalde de Gijón. Finalmente, las termas se convirtieron en uno de los referentes culturales de la ciudad y uno de los museos más visitados.
Nace el Proyecto Gijón
Muchos años después de aquel 1903, la casualidad volvió a intervenir. Era 1982 y se habían derribado dos viviendas del siglo XVI en un solar entre la calle Pasaje (que hoy ya no existe) y la Travesía de Jovellanos. La intención era construir allí apartamentos. Pero aparecieron los restos. Cuenta la arqueóloga Carmen Fernández Ochoa que aquel primer hallazgo fue protegido de forma inmediata por el entonces jefe de la Policía Local de Gijón, Isidoro Cortina. Ya en la primera campaña los expertos comprobaron que aquellos primeros restos de muralla eran tan sólo un pedazo de una fortificación mucho mayor y, en aquel lugar exactamente, bastante bien conservada. De aquello nació el Proyecto Gijón de Excavaciones Arqueológicas, dirigido por Fernández Ochoa y que trabajó en la reconstrucción del Gijón romano hasta 1995 en el barrio de Cimadevilla.
Interés Cultural
Hasta 1989, los esfuerzos se centraron en la muralla, de unos 850 metros de longitud, que protegía Gijón. Después, las campañas abarcaron también otros restos, como las termas. En medio de todo ese periodo, Cimadevilla consiguió la declaración de Bien de Interés Cultural. Pocas cosas eran ya fruto de la casualidad, aunque los últimos hallazgos de la calle de Óscar Olavarría demuestran que, aun sin buscar, el barrio alto seguirá ofreciendo siempre sorpresas, aunque alguna de ellas haya tenido que ser de nuevo 'sepultada' para permitir que la zona siga con su vida normal.
Fue el caso de la fábrica de salazones, descubierta al realizar el seguimiento de una obra de canalización en la plaza del Marqués. Era el año 1991. Las fotografías tomadas cuando la plaza estaba totalmente levantada muestran la magnitud del hallazgo. Pero el paso del tiempo tampoco perdona a los vestigios, que habían sido ya arrasados. Además, existe un claro problema: la imposibilidad de seguir excavando en una zona construida (muchos restos se ocultan bajo el Palacio de Revillagigedo). Ese problema se dará una y otra vez en Cimadevilla.
Similares condiciones se dieron en el taller tardorromano de actividades metalúrgicas hallado en la plaza del Arcipreste Piquero, con varias fraguas para el trabajo del hierro. Fue hallado en las campañas de 1989 y 1994. Los restos de este extenso taller supusieron un dato importante para conocer la actividad económica del Gijón romano.
Las excavaciones del Proyecto Gijón iban aclarando, por lo tanto, no sólo el trazado de la fortificación que protegía la ciudad (y sobre la que ha surgido una nueva hipótesis tras los últimos hallazgos), sino que también revelaba la forma de vida de sus habitantes. Porque también se localizaron viviendas de la época tardorromana (en la calle de Las Cruces), muestras del entramado urbano (en la plaza del Arcipreste Piquero y la avenida de La Salle) y muestras de utensilios y monedas de la época (aunque estos se han encontrado, principalmente en otras excavaciones como la de Veranes). Todo ello conformaba una ciudad a la que se accedía por una puerta principal hallada gracias a las campañas de 1983, 1986, 1987 y 1988. Estaba situada en la zona de la calle de Recoletas, la Torre del Reloj y la huerta del Palacio de Revillagigedo. Hoy reconstruida (también después de una polémica ciudadana), la puerta es de doble vano, con dos torres de flanqueo cuadrangulares de 5,4 metros de lado proyectadas hacia el exterior. Las torres están separadas por un espacio de 7,5 metros dividido en dos pasajes por un muro.
Son algunas de las 'joyas' romanas que guarda Cimadevilla. Para dar con ellas ha sido necesario, también, excavar durante mucho tiempo en determinados lugares sin haber obtenido ningún fruto. Ocurrió en la plaza del Periodista Arturo Arias y en la calle de María Bandujo, en 1992. Un trabajo extenso que buscaba evidencias del entramado urbano de la ciudad romana. No fue posible: el paso del tiempo y, sobre todo, las continuas edificaciones, habían arrasado las posibles huellas.