EN esa joya -'El Libro del Buen Amor'- al que Jorge Luis Borges -genial ciego argentino- calificó como la más importante de las literaturas hispánicas después del manipulado, durante el 2005, 'Ingenioso Hidalgo de La Mancha', se narra un memorable combate entre dos fuerzas vitales antitéticas en el espacio y en el tiempo. Es la batalla épica entre los ejércitos de las carnes y el de los pescados, capitaneados uno por el orgulloso y voraz Carnal, y otro por la penitente y humilde Cuaresma.
Durante los días previos al Miércoles de Ceniza -recuerda que eres polvo y a él volverás-, en el se que proclama la condición pecadora del hombre, causa de casi todas las desgracias físicas y psicológicas que padece, el triunfo de Don Carnal es total.
Exhibe su multitudinario poder ebrio de sangre y de vértigo. No hay límite para la provocación y el descaro encubiertos en máscara irreverente y/o demoníaca.
Consumido en su propio frenesí alienante, el Antroxu -¿qué exacto término en nuestro bable!- nos introduce en la humilde y penitente Cuaresma, objeto de mofa y escarnio para todos los que sólo ven en ella una gruñona que denuncia la necesidad de penitencia, perdón y reconciliación que todo ser humano reclama para ser él mismo y encontrar un poco de paz para que su condición existencial de pasión inútil y ser para la muerte pueda ser redimida por la muerte de Jesucristo, el Resucitado.
Tal es el sentido de la Cuaresma. Sólo con la Cuaresma se puede entender el Carnaval. Negar la dimensión cuaresmal de Don Carnal y privarlo de esta razón de ser es un contrasentido sin más fundamento que un cínico nihilismo obsceno y alienante.