Domingo, 11 de marzo de 2007
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Ciencia ficción
EN 1987, los cines de medio mundo (¿o era, ya entonces, del mundo entero?) proyectaban 'El chip prodigioso', obra filmada por Joe Dante. Con esta película, le pusimos nombre a Dennis Quaid, caímos rendidos ante los primeros pucheros y reflejos dorados de la dorada Meg Ryan, y, oh cielos, comenzó a llenársenos la gramática, la sintaxis e, incluso, la semántica de chips. Las tres son aportaciones dignas de mención. ¿Qué hubiera sido de los 90 sin el corte de pelo de Ryan o su fingido orgasmo público?, ¿qué hubiera pasado con la leyenda de 'Wyatt Earp', sin la aportación artística de Quaid, el tuberculoso y magistral Doc Holliday? y, lo que es más importante, ¿quién nos hubiera mostrado el más mínimo respeto sin un ligero conocimiento de los apliques informáticos y sus alrededores?. 'El Chip prodigioso' vino así a completar la cuadratura del círculo, aquella que cerraba la horterada de los 80, década de dudas inquebrantables, apurón artístico y calentadores. Ahora, las pantallas de todo el mundo (¿o es ya de sólo un mundo?) recogen las filigranas futuristas que desinflan la historia del entrañable chip. El Hospital Virgen de las Nieves de Granada practicará, por primera vez en la sanidad pública española, intervenciones quirúrgicas en enfermos con manías obsesivas graves. La operación consiste en implantar dos microchips o electrodos en el cerebro del paciente, que mandarán impulsos eléctricos al punto de la mente donde nacen esas ideas obsesivas, esto es, en la unión del lóbulo frontal con el tálamo, y así, frenarlas. En Estados Unidos, Francia, Alemania y Suecia, esta operación se realiza desde hace algún tiempo y, según indican distintos estudios, el éxito se cifra entre entre el 70 y el 80%. Un chip prodigioso, que desvela los cauces desbordados del cerebro, los cimbrea y pone en curso, los dirige con mano firme hacia las orillas centrales de la cordura, en fin, los amansa. Dicen los expertos que estas prácticas médicas no presentan más secuelas que las imaginadas por la propia excursión quirúrgica. Dicen, también, que serán la panacea para los aquejados por ese tipo de afecciones mentales, que tan mala prensa han cosechado a lo largo y ancho de los tiempos. Y dicen, además, que el futuro pasará por estos implantes artificiales que consiguen, conseguirán, calmar los males emocionales, sensitivos, de la humanidad. Mientras, en algún laboratorio alemán, algunos científicos experimentan con el arte de predecir lo que haremos mediante un escáner cerebral. Se cumplen las profecías, no de Nostradamus, pero sí las de un buen puñado de escritores de ciencia ficción que han pasado sin más gloria que la que Hollywood hay querido otorgarles. Philip K. Dick debe estar volviéndose cuerdo en su tumba.

 
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