POR sus apodos, Dascoíte y Dascuvete, podrían ser un dúo de monologistas de costumbrismo astur, pero no es el caso. Llevan existencias separadas, aunque se conocen y hasta comparten el hábitat de un chigre cimadevillense que es una auténtica reserva de esos aborígenes autóctonos llamados playos, y que es precisamente a donde quería llegar.
Y llegué, puesto que era el lugar acordado para un cita con el primero de los personajes mentados, al objeto de que me entregara una nueva remesa de palabras incorporadas a esa obra lexicográfica suya que lleva por título 'Diccionario del disparate'.
Fui algo más que puntual, de modo que me vi en la agradable tesitura de entretner la espera con la ingesta de sidra y oricios.
Además, pude escuchar la charla sostenida por un grupo de parroquianos entre los que se encontraba precisamente Dascuvete, a quien se dirigió de esta guisa uno de los contertulios:
-¿Ye verdá que echaste mocina, ho?
Antes de que pudiera responder, se produjo una retahíla de comentarios del resto de la peña:
-¿Ya t'oyí!
-¿Vas llenar! Pero si aquí el amiguín ye feu hasta pa ser pixín.
-Fíjate cómo será la cosa que cuando íbamos a pescar pulpos al pedreru, él asomaba el careto a la cueva del probe animal y matábalu del sustu.
-Acuérdome de la primera estrofa de una canción que te dedicó Pixín el Rapero: «Vil engendro de Vulcano, / ¿do tu cara, do tu ano?...».
-No sé si sabréis que esti Robert Redford de Cimavilla tien que llamar a casa pa avisar que está de camino, tanto pa que la familia se vaya mentalizando como pa evitar posibles infartos de alguna visita.
-Esa muyer que ligaste tien que tener un corazón de oro y un instintu maternal de elefante.
-Hay mucha desesperada... Por cierto, ¿conocerémosla alguno de los aquí presentes, ho?
-Tu, sí, porque ye la tu hermana.
Comenzó entonces un rifirrafe verbal preñado de insultos procaces. Cuando apareció Dascoíte, ya no quedaba espacio para transcripción de sus definiciones, propuesta para otra columna.
Hasta entonces.