Domingo, 11 de marzo de 2007
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El fusilamiento En el aniversario de la muerte de Leopoldo Alas Argüelles (y II)
EN octubre de 1934, Oviedo sufrió una destrucción como no se había visto en una ciudad española desde la guerra contra los franceses. Más de dos mil muertos, decenas de miles de encarcelados, la ciudad asolada... la ciudad mártir. Los diputados asturianos claman venganza en las Cortes, exigen condenas a muerte (en febrero de 1935 hay abiertos siete mil sumarios, muchos de ellos colectivos; a propósito, muchas causas abiertas durante la guerra civil basarán su acusación en la Revolución de Octubre; dislate jurídico -se vuelve a juzgar una cosa juzgada- o fe de erratas: se fusila a los que el Gobierno Lerroux no se había atrevido); se divulgan falsas atrocidades cometidas por los revolucionarios; Melquíades Álvarez elogia a Thiers, el debelador de la Comuna parisina, y la derecha cree haberlo encontrado en Lisardo Doval, oficial de la Benemérita, encargado de la represión -legal e ilegal- del levantamiento. Poco importa que la Universidad también haya desaparecido y que su rector lamente la destrucción. «Lo que ha sucedido es -según Enrique Herrera Oria- una consecuencia lógica de un grupo que desde hace cuarenta años trabaja erróneamente (...). La quema de la Universidad es una consecuencia de los principios de la Institución Libre de Enseñanza, sostenidos y propagados por algunos catedráticos, aquí y en otras universidades de España».

En adelante, cualquier gesto de conciliación será interpretado como una traición. Y eso debió de parecer cuando Alas se une a la Agrupación de Abogados defensores de los encartados por los sucesos de Octubre, financiada a su vez por el Socorro Rojo Internacional. Poco importa que hubiese elogiado públicamente la actuación del Ejército: «Oviedo tiene que considerarse obligadísima a las fuerzas que acabaron con los angustiosos momentos que nos han hecho vivir».

Alas no subirá a estrados, ocupado como estaba con los trabajos de reconstrucción, pero sí lo hará su antiguo pasante y profesor auxiliar de la Facultad de Derecho, Manuel Díaz de Velasco; le costará la expulsión de la Universidad y el destierro. Traición debió de haber parecido también cuando, meses antes, Alas abandona su retiro para combatir en sendas conferencias un proyecto gubernamental para reintroducir la pena de muerte. No es casualidad que una de estas lecciones sea en el Ateneo Obrero de La Argañosa, cercano al PCE asturiano y animado por el futuro consejero comunista Juan Ambou.

Entre 1933 y 1936, la Universidad española vivirá una creciente agitación estudiantil de signo derechista. En Oviedo habrá huelgas y algaradas en noviembre de 1933, enero de 1934 y marzo de 1935, cuando el Gobierno indulte al 'cabecilla rojo' Ramón González Peña. Paulatinamente, está contestación va a dirigirse hacia la figura del rector. Su solo pronunciamiento a favor del Gobierno en el asunto González Peña recrudece la protesta estudiantil.

En enero de 1936 estalla el escándalo: el rector va en la candidatura electoral revolucionaria, con los «incendiarios de la Universidad» y, aunque Alas desmiente de inmediato la noticia, la reacción asturiana se pronuncia: «No es posible» titula 'El Carbayón'; 'La Voz de Asturias' afirma que rectorado y candidatura son moralmente incompatibles; 'Región' exige la dimisión de Alas. Las asociaciones de estudiantes católicos, tradicionalistas, y el SEU, falangista, se ponen en pie de guerra y la protesta se extiende a otras universidades. Hasta el 'Abc' de Madrid se hace eco de la afrenta. Cuando días después se anuncie -también en falso- que Alas asiste a un acto con la diputada socialista Veneranda Manzano, volverán a la carga: «Con Alas va la Manzano / en busca de votación, / lo mismo que va el milano / a la caza del pichón».

Lo sucedido después es bien sabido: la derecha perderá las elecciones y fracasará también en un golpe de Estado, pero no renunciará a ganar una guerra civil. El 18 de julio anuncia un cambio de métodos. Alas será encarcelado, procesado y sometido a un consejo de guerra. La portada del sumario es elocuente: «Causa contra Leopoldo Alas Argüelles, rector de la Universidad». Los cargos, que en un plano estrictamente jurídico son una auténtica vergüenza (nada de lo juzgado es delito en el momento de la comisión), en lo político son palmarios.

Resulta, según la sentencia, que «el procesado colaboró con puesto preeminente en aquella primera etapa de preparación revolucionaria, consiguiendo un acta en las Cortes Constituyentes (...). Que prestó su concurrencia a una reunión pro-damnificados de Octubre [en la cual] se vertieron las más disolventes opiniones y frases alusivas y alentadoras a la Revolución. Que desde su alto puesto universitario (...) encauzaba la vida administrativa de la Primera Enseñanza para la consecución del tan deseado fin revolucionario. (...) Que, en forma taimada y culta, no dejó nunca de favorecer a los elementos extremistas de la Universidad. Que cuidó de preparar la revolución valiéndose de su aliada la prensa izquierdista de la ciudad de Oviedo». (Hago un inciso y pregunto al señor presidente del Gobierno: ¿Qué clase de extraño impedimento legal imposibilita anular atropellos como éste?).

Ni en la sentencia ni en el consejo de guerra fue citado 'Clarín' salvo por el abogado defensor, el alférez estampillado Sánchez Eguibar, y sólo para justificar las desviaciones izquierdistas de Alas hijo. Hace años, este investigador dialogó con defensor y fiscal, José María García Rodríguez, este último llegado a Oviedo con las tropas gallegas, y ambos coincidieron en señalar que fue la significación de Alas, hijo de 'Clarín', por supuesto, pero sobre todo rector republicano de la Universidad de Oviedo, lo que le llevó a ser condenado a muerte por un delito de rebelión militar.

¿Qué hicieron entre tanto las élites agraviadas? No hay constancia documental ni testimonial de intervención alguna contraria a Alas. Sin embargo, Sánchez Eguibar constató que la suerte del rector estaba echada. Testimonios cercanos a la familia refieren la indiferencia de Yela Utrilla o Fernández-Ladreda. Otros notables, como Plácido Álvarez-Buylla fueron requeridos pero se desconoce su respuesta. Luis X. Álvarez afirma que el viaje turístico de Gendín a Salamanca contó con la «insolidaridad» de Isaac Sánchez-Tejerina, antiguo compañero del claustro ovetense, ocupado en 1937 en resucitar el Tribunal de la Inquisición. Y salvo confesión de parte, nada más sabremos. Alas fue fusilado horas antes de comenzar la más dura ofensiva republicana sobre Oviedo. (Había amenazado el altavoz del frente leal: «¿Fascistas, si fusiláis a Leopoldo Alas, quemamos Oviedo!» y, claro, le mataron, también por esta razón). La noticia tardó semanas en pasar al campo gubernamental.

Cuando por fin se confirmó fueron numerosas las reacciones. Algunos recordaron al hijo del universal 'Clarín'. Julián Zugazagoitia, director 'El Socialista' y futuro ministro de la República, dirá en un editorial: «Leopoldo Alas no había delinquido, aún cuando todo él, por su profesión constituyese un delito». José Díaz Fernández, diputado en las Constituyentes por Asturias y viejo amigo de Alas, mostrará la faceta más combativa del catedrático asturiano: «Juntos trabajamos en los ateneos, las bibliotecas y los centros culturales de aquel gran pueblo (...). [Alas] recorría constantemente los pueblos de la región para extender y difundir la cultura en conferencias y lecciones inolvidables. Gracias a él y a unos pocos profesores más, la cultura dejaba de ser monopolio de las clases altas para verterse también sobre las masas populares, deseosas de saber, de aprender, de identificarse con la inteligencia y el espíritu».

No va descaminado Díaz Fernández cuando afirma que fue su condición de «evangelista del pensamiento liberal» lo que le costó la vida. Entre otros, lamentarán su muerte Javier Bueno y Francisco Cruz Salido. «Notable hermandad para la muerte» habría dicho el poeta: Javier Bueno se negará a abandonar Madrid y será fusilado el 27 de setiembre de 1939; 'Zuga' y Cruz Salido serán entregados por la Gestapo a Franco y correrán la misma suerte el 9 de noviembre de 1940. Hasta el mismo Cabezas será condenado a muerte pero indultado. Es una simplificación excesiva ver el crimen del 20 de febrero como una pendencia literaria.

Es una simplificación excesiva ver el crimen del 20 de febrero como una pendencia literaria. La «venganza de la provincia» de la que hablara Haro Tecglen tiene muchísimos matices. Y sí, es cierto que volaron la estatua de 'Clarín', que le colocaron una ominosa careta (precisamente fue David Ruiz quien rescató el estremecedor documento gráfico), que violentaron su aula universitaria y que perpetraron tantas otras mezquindades. Pero no es menos cierto que un odio tan acusado era novedoso en 1936, que el machacón «Vetusta no es Oviedo» que hizo suyo J. E. Casariego nunca se había oído antes. Si padre e hijo, el muerto de piedra y el de carne y hueso, comparten la misma suerte es porque ambos son dignos representantes de un modelo de convivencia que no podrán liquidar los rebeldes.

Como colofón, entre la infinidad de actores y circunstancias, por encima de oscuras motivaciones e incertidumbres, atrevámonos a extraer un par de certezas: que a Alas le asesinó Franco y que, tal y como dijera hace unos días su nieto, su único delito fue su amor a la República.

 
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