UNA escena cinematográfica de unos minutos contiene la quintaesencia emocional de una larga película. En «La vida de los otros», el capitán de la Stasi (policía secreta de la extinta República Democrática de Alemania) Gerd Wiesler espía al dramaturgo Georg Dreyman. El espía, escondido en el ático del edificio en el que vive el escritor, escucha a Dreyman tocar al piano la «Sonata para un buen hombre», una partitura de Gabriel Yareb, no muy alejada, emocionalmente, de alguno de los preludios de Shostakovich. Y en ese acto de la escucha se produce un terremoto afectivo en el policía. El capitán de la Stasi se conmueve y esta «conmoción» cambiará su vida.
Cuatro siglos antes de la realización de «La vida de los otros», el músico Claudio Monteverdi, autor de una ópera «Orfeo» considerada el pistoletazo de salida del género operístico, escribía sobre la teoría de los afectos o movimientos del alma, y la capacidad de la música para despertar, cambiar conmover o reafirmar este mundo afectivo de las emociones.
La Consejería de Educación del Principado de Asturias ha publicado estos últimos días el «Proyecto de Decreto por el que se regula la ordenación y establece el currículo de la Educación Secundaria Obligatoria en el Principado» y, por varias razones, me siento movido a escribir sobre él. El proyecto es uno de los primeros documentos engendrados a partir de esa peculiar Ley Orgánica de Educación (LOE). Pocas horas después de aprobar esta ley en el Parlamento, cesaba Maria Jesús San Segundo, la ministra de Educación que la había propuesto. Ni las rosas del huerto de Ronsard tuvieron una gloria tan efímera.
En el «proyecto» en cuestión, además de añadir a la vacuidad teórica un nuevo término de hondo calado pedagógico como el de las «competencias básicas, se fijan las horas de las materias en los cursos de la Enseñanza Secundaria Obligatoria. En la nueva redistribución horaria, la música, junto con otras asignaturas, pierden horas, en aras de otras materias.
Comentaba mi maestro Francisco Vizoso, catedrático de latín en el Instituto Jovellanos y crítico musical de El COMERCIO, que había asignaturas que tenían un valor «para algo», y otras que tenían un valor «en sí mismas». Sin embargo, resulta paradójico que muchas de estas materias que ya tienen valor «en sí mismas», al final también sirven para algo. Un algo que a veces es mucho más de lo que inicialmente sospechamos.
Cercenar la música, tal como hace la Consejería de Educación del Principado -en otras comunidades como Aragón, Cantabria o Madrid esto no sucede- de los planes educativos, es abogar por la utilidad del «para algo», frente a valores estéticos o humanísticos con valor en sí.
Dolores Guerra, directora general de Ordenación Académica, deberá sopesar si la reducción de la asignatura de música en Asturias, tal como se plantea en este nuevo proyecto educativo va a ser beneficiosa para formar a personas más competentes, integradas, sensibles y felices.
Confío en que una buena sonata, como la que emocionó al capitán Geld Wiesler, también puede hacer reflexionar a una directora general. Sólo es cuestión de escuchar, comprender y sentir.