NADIE está capacitado para contar pobres. Los menesterosos son innumerables y se renuncia a la aritmética de la miseria. Lo relativamente fácil, ya que también hay ricos vergonzantes que disimulan su opulencia, es hacer la lista de los ricos oficiales. Según la expresión habitual, «despiertan envidia», como si la envidia no sufriera un permanente insomnio. Hay muchos españoles en el 'Club Forbes', que sigue encabezado por Bill Gates, que ha pasado la barrera del sonido que produce el dinero cuando se derrama. Nuestros compatriotas que justamente figuran en el 'ranking' pertenecen en general a la nueva aristocracia del ladrillo y eso es algo que no se nombra tampoco con la palabra azar. Eso es por algo: si existen quienes más dinero acumulan y viven mejor es porque hay mucha gente que no tiene un sitio para vivir. También hay personas que no se dedican al sector inmobiliario. Lo que no hay en el llamado 'Club Forbes', quizá porque no los admitan como socios, son científicos. La investigación le quita mucho tiempo al cemento y si alguien está intentando descubrir una vacuna no calcula bien la rentabilidad de declarar urbanizable un terreno rústico.
Creo que exageraba el padre de la Iglesia y muy señor mío San Juan Crisóstomo cuando dijo aquello de «rico: o ladrón o hijo de ladrón». Hay fortunas que no se han basado en la pobreza de los demás. Debiéramos reconocer su mérito. Por lo general, los españoles que han juntado más dinero son personas maduras, algunas tirando a podridas. Jamás han pensado que el sudario no tiene bolsillos. Además, hay que reconocerles un admirable pudor: entre los veinte milmillonarios nacionales hay muchos desconocidos para eso que se llama el gran público. No son vanidosos nuestros potentados y aspiran a dos cosas: a no retratarse a la hora de pagar una cena y a que no los retraten para salir en los periódicos.