Se consideran unos privilegiados al vivir en plena ciudad como si estuvieran en la zona rural y no piensan en renunciar a esa vida por mucho dinero que les ofrezcan los constructores. Son los vecinos de El Coto que viven en los múltiples chalés del barrio y que se están viendo rodeados por las construcciones que se han venido levantando desde la década de los 60 hasta el día de hoy. Bloques de edificios que han transformado completamente el lugar.
«Destrozaron El Coto. Antes había muches güertes, casines pequeñes y chalés, y acabaron con ello. Y los que quedamos, como somos vieyos, quieren explotanos», señala Ludivina Meana, vecina de la calle de Campoamor. Ella lleva residiendo allí desde la década de los 60 y no se plantea abandonar su vivienda pese a que cada vez se encuentra más ahogada por los bloques que se han levantado a su alrededor y cuyo efecto puede verse perfectamente en el jardín situado en la parte posterior de la casa. «Ahora, en invierno, sólo me da el sol en la mitad del jardín, sobre las tres de la tarde», relata.
Casi a diario, a Meana le sale la posibilidad de vender su vivienda a constructoras que se interesan por la misma. «El otro día me ofrecieron 40 millones de pesetas. ¿Qué piso compro yo por ese dinero?», se pregunta. Pero no siempre la oferta es económica, «también me llegaron a ofrecer dos apartamentos o un piso. Yo ya tengo 80 años y pasaré aquí el resto de mi vida. Luego que mis fíes hagan lo que quieran con la casa», señala.
La visita de representantes de constructoras es algo común para estos vecinos. También son habituales las llamadas interesándose por si el chalé está en venta. «El teléfono tienme lloca», relata María Luisa Granda, quien lleva más de 40 años residiendo en Leopoldo Alas. «Cuando vine a vivir no había ni calles», comenta Granda, quien tampoco quiere abandonar su casa. Todos los días viene alguien que quiere comprar la vivienda. No escucho las cantidades, aunque sé que ofrecen un piso con garaje o dos pisos. Pero dónde voy a estar mejor que aquí. No tengo que pagar comunidad ni liarme con los vecinos. Soy feliz así», comenta.
Las comodidades que proporciona vivir en una casa de planta baja en un barrio como El Coto son, sin duda, un lujo.«Nunca viví en un piso. Llevo 40 años y pico aquí, y no cambio la independencia e intimidad de esta casa por ningún piso», señala Miguel Ángel Costales, vecino de Leopoldo Alas que incluso ha instalado su negocio, un taller, en su propia vivienda.
«Estoy cerca de todo»
El interés no sólo viene de las constructoras. Los particulares acuden a las casas preguntando por su venta, en muchas ocasiones para montar negocios. «En mi casa ya quisieron instalar una guardería y un consultorio médico», señala María Avelina González, vecina de General Suárez Valdés, quien no quiere deshacerse de su vivienda.
'Les cases barates', construidas en los años 20, también suelen ser objetivo de las personas que buscan residir en el barrio. «Cada poco viene alguien a preguntarnos si vendemos o conocemos a alguien que quiera vender», relata Piedad Campo, vecina del lugar. Las últimas ventas rondaron los 40 millones de pesetas. Campo, sin embargo, ni se lo plantea. «Aquí estoy cerca de todo y tengo más tranquilidad que en un piso», afirma.