Miguel Froilán Rubín de Celis nació en el barrio de Santiuste (Llanes), el 17 de octubre de 1746, hijo de familia noble, aunque no primogénito. Quizá por eso, porque «no siendo mayorazgo, hubo de buscar la vida por su cuenta, pues ese era el destino de los hermanos menores, la carrera eclesiástica o la militar», fue Rubín un auténtico aventurero que vivió mil avatares lejos de Asturias allá por el siglo XVIII. De su vida y obra se hace eco un libro que hoy se presenta (19.30 horas) en la librería Cervantes de Oviedo y que firma un arquitecto argentino, Ramón Gutiérrez. Su título, 'El árbol de hierro. Ciencia y utopía de un asturiano en tiempos de la Ilustración (1750-1800)'; sus méritos, múltiples, le han hecho acreedor del Premio Alfredo Quirós Fernández 2005-2006.
Nuestro personaje eligió la rama militar en la Escuela de Artillería de Segovia, si bien pronto trasladaría su peculiar personalidad a la Marina. Y ya en su primera travesía, a bordo de la fragata Santa Balbina, tuvo un encontronazo con el comandante, a quien acusó de mala navegación por no llevarlos al puerto de destino en el Golfo de México, siendo así que atracarían en Montevideo.
Acerca de este episodio, Ramón Gutiérrez opina que «no le faltaba del todo la razón a Rubín de Celis». Fuera como fuere, reclamado por el Rey, procuró hacerse indispensable al virrey de Buenos Aires y prolongar allí su estancia. Se le condenaría algunos años después, a su regreso a España.
Este acomodo bonaerense lo interpreta el ganador del Premio Alfredo Quirós como «esas casualidades que deciden una vida». Por una parte, «el virrey vivía en una situación crítica, con problemas serios para gobernar su territorio, y ante una personalidad como la de Rubín de Celis, pensó que le llegaba ayuda del cielo».
Lo cierto es que se le hicieron encomiendas para que examinara lo que llamaban el Mesón del Fierro, «un meteorito que midió y describió sin saber que era un meteorito -en la época, no se creía que hubiera esos fenómenos celestiales- y sobre el que construyó hipótesis descabelladas». La segunda tarea fue la de servir opinión sobre las minas de plata de Potosí, que se iban agotando paulatinamente. Y aquí Ramón Gutiérrez sostiene que «fue útil, pero una vez más estableció fundamentos que no se atrevían a dar ingenieros más formados».
En esas idas y venidas andaba cuando se propagaron por América los beneficios medicinales del árbol de la quina. Y, ni corto ni perezoso, se plantó en España con varias toneladas de la quina calisaya, transporte por el que obtuvo pingües beneficios.
En ese sentido, reflexiona el historiador argentino acerca de las relaciones entre la Ilustración y el provecho personal. «Predominó el utilitarismo y la promoción propia, antes que el progreso de la ciencia o de la nación». Y saliéndose del marco histórico de referencia, Ramón Gutiérrez precisa que «eso es algo que sigue ocurriendo, cuando se insta a los científicos actuales a publicar sus trabajos fuera de sus países para su exclusivo ascenso social».
Volviendo a Rubín de Celis, las ganancias obtenidas con la quina calisaya debieron parecerle escasas y volvió a intentar empresas mineras, llegando a confundir al mismísimo barón Ignaz von Born, un revolucionario de la minería europea. Pero, ahí, «jugando a las cartas grandes, se equivocó; el negocio tenía dueños».
El resultado sería que el conde Floridablanca lo expulsa de la Corte y ha de huir a Francia, en cuya primera posada se produce un hecho singular: «Se sabe que se dirigió a Bayona, al colegio donde estudiaba una sobrina suya, con la que se casó».
Perseguido por un destino tumultuoso, su llegada a Francia coincide con la Revolución Francesa. ¿Qué posición adoptó? «La del doble discurso. Si cuando había traído la quina de América, solicitó un título de nobleza; ahora, sobre todo después de que se le impidiera regresar a España, se radicalizó. Pero siempre teniendo en cuenta sus intereses».
Fiel a España
Un espíritu de perfil muy particular. Por ejemplo, se manifestó incompatible con cualquier acción contra España: «No soy, ni es posible que sea jamás, enemigo de mi patria», argumento con el que distinguía al pueblo español de «la media docena de bribones» que le habían obligado al destierro.
Ramón Gutiérrez recoge por otra parte la hipótesis ideológica que atribuye el historiador Antonio Elorza a Rubín de Celis, para quien «propugnaba el establecimiento de un régimen económico liberal», discrepando de ese supuesto, al entender que tal suscripción obedecería más bien a su «pequeño interés» antes que a «un connotado pensamiento filosófico-político».
En cualquier caso, al lado del catálogo peyorativo, según el cual nuestro héroe llanisco habría sido un hombre caracterizado por el autoritarismo, la ambición y una formación insuficiente, el biógrafo elogia «su espíritu de aventura, su curiosidad y su fuerza de voluntad», a los que tampoco eran ajenos el talento verbal, «su labia y poder de persuasión», o el dominio de varios idiomas y el manejo instrumental del dibujo y la cartografía.
En realidad, se correspondería con su tiempo, la Ilustración española, que contemplada desde la perspectiva americana nos daría pistas acerca de «las causas que favorecieron la lucha por la independencia», fruto de un sentimiento de postergación.