Ninguna de las personas que comparten el día a día de Fernando Alonso, su semana a semana, su mes a mes incluso, es capaz de relatar una anécdota singular del piloto, algún detalle que simbolice un cambio de comportamiento, algo que se relacione con su nueva vida deportiva, su salto a McLaren, la mudanza de casa -de Oxford al sur de Londres-, otra fábrica diferente para ir a trabajar -de Enstone a la sofisticada Woking-, su corte de pelo estilo militar en el abandono a su melena cuidadosamente desordenada. Algo. «Hay poco que contar», dicen los que le conocen. Seis años después de llegar a la Fórmula-1, de su revolución social al habituar a la gente a seguir un deporte hasta entonces minoritario, de dos títulos mundiales, de la jubilación de Michael Schumacher, de su gran fichaje por McLaren, todo sigue igual. «Fernando es el mismo de siempre».
Y esa es la cantinela que se escucha si se bucea entre amigos, familia, conocidos, colaboradores o quien quiera que comparta algún instante de su intimidad. Habla poco, se toma su trabajo con seriedad y mantiene intacta su ambición por ganar, fiel siempre a ese viejo precepto en el deporte según el cual «el segundo siempre es el primero de los perdedores», como gusta decir. Los medios de comunicación sobreviven como pueden: la demanda de información sobre el personaje es muy elevada y hay poco que rascar. Trabaja, viaja y descansa.
Nada estrafalario
El éxito no le ha convertido en un tipo estrafalario, en el típico petimetre que gira en torno a las modas. No es el tipo de persona que se identifica socialmente por el último grito de teléfono móvil y su consecuente soniquete, por la última canción que se bajó de 'Youtube' o por la penúltima descarga de la tarjeta de crédito en internet. Detalles éstos muy del gusto del pijerío de la Fórmula-1.
Por contra, Fernando Alonso echa de menos el anonimato, un bien que se le ha escurrido entre sus manos según ha crecido su fama. Su mayor excentricidad es un chihuahua llamado 'Hannibal' en honor de le película que más le gusta (la continuación de 'El silencio de los corderos') y su colección de coches teledirigidos con la que se divertía en el apartamento de dos habitaciones en Oxford. «Si es que es una persona muy normal», cuentan como si tuviera que disculparse por ello.
Su carácter orgulloso, uno sus mayores defectos, tampoco ha sembrado discordia en Renault, el equipo que lo lanzó a la fama mundial. Pese a las tuercas por el aire, a las mil discusiones sobre estrategias en carrera o coches más o menos evolucionados, Alonso no ha dejado mala imagen en la escudería del rombo. «Era muy hormiguita, de los que van poco a poco. No tenía una varita mágica con una solución definitiva. Al revés, le gustaba pensar constantemente en el coche, en la forma de mejorarlo. Y tenía dudas, como todo el mundo», dicen por Renault.
«Llegué a sentirme viejo en Renault», aseguró el asturiano en un arrebato de sinceridad. «Sabía como funcionaba el coche, conocía mi trabajo y a la gente. Hacía lo mismo una y otra vez. Era como comer el mismo plato de paella cada noche», describió al respecto. Todos los que conocen bien al piloto proponen el mismo ejercicio de atención. Comparar las fotografías de 2000, cuando corría en Fórmula 3.000 y ganó en Spa, con las de Interlagos en octubre de 2006, cuando se coronó segunda vez campeón en Brasil. Efectivamente, ha encanecido. Entre el adolescente de 19 años y el hombre que sepultó a Michael Schumacher con 25 existe una notable diferencia gestual.
No es el mejor pagado
Frente a Alonso ha transitado una nutrida pasarela de pilotos en sus seis temporadas en la F-1. De los 22 pasajeros que hoy conducen los mejores coches del planeta, sólo seis (Button, Coulthard, Barrichello, Trulli, Fisichella y Ralf Schumacher) han desplegado más actividad en los circuitos que él. Veterano con 25 años y, desde luego, con el mejor palmarés. El único campeón del mundo en activo, aunque no el mayor salario. Según el 'vox populi' de la Fórmula-1, nunca confirmado por nadie pero aceptado «sine die», Raikkonen cobra más que nadie (39 millones en Ferrari), seguido por Ralf Schumacher (20 en Toyota) y Alonso (18 en McLaren).
Ninguna interjeción, exclamación o signo de admiración se escuchó de los labios del asturiano cuando visitó por primera vez el pasado verano la ultramoderna sede de McLaren en Woking. Recuerdan que dijo «está muy bien, muy moderno» o algo así, pero nada que le impactase. Esto tiene que ver con su gusto por las cosas sencillas, alejadas de las sofisticación de la Fórmula-1. En ese empeño se encuentra en conflicto con una parte del exterior, la prensa rosa que persigue sus andanzas con Raquel del Rosario, su pareja desde hace año y medio. Muy a su pesar, se ha acostumbrado a llevar colgado a la espalda a los paparazzi. En cualquier punto de España. Su familia ha contratado los servicios de una empresa de seguridad para que vigile la casa que habitan desde hace tiempo en Oviedo.
Su personaje le resulta al fin incontrolable. No pudo sujetar en su momento que los anuncios clasificados de los periódicos locales vendiesen pisos en Oviedo en la «zona Alonso». Y no puede gobernar ahora la rumorología que dispara los comentarios en su ciudad natal. Algunos restaurantes propagan la idea de que Alonso ha entrado en su accionariado con la pretensión de aumentar su clientela. No faltan inmobiliarias que expanden el runrún de que adquirió este local o aquel ático, con el objetivo que subir el precio. Cual rey Midas, todo lo que toca se convierte en oro. Y nadie lo diría a tenor de su timidez innata, su reserva para la palabrería y las bravatas, su tendencia a la discreción y la soledad.