Las plantas son los primeros seres vivos que sufren los efectos de un hipotético cambio climático, por lo tanto, los primeros en reaccionar. Es el caso de las floraciones tempranas, que se ven sesgadas por repentinas heladas, o las prematuras caídas de frutos. También sucede que la ausencia de determinadas horas de frío produce efectos perniciosos en el desborre, la floración o la fructificación, sin contar la aparición de enfermedades y hongos que necesitan de bajas temperaturas para quedar latentes y ser asintomáticos. Este año, las suaves temperaturas de los últimos meses, las abundantes lluvias del mes de febrero y los recientes temporales de viento son un ejemplo de que algo raro pasa. Esta situación conlleva pérdidas económicas para los agricultores que, en general, no son cubiertas por los seguros agrarios, necesitados de unas mermas mínimas para poder dar cobertura.
Entre tanto, en el seno de la Unión Europea (UE) se adoptan acuerdos para el uso de energías renovables que combatan el cambio climático, a la vez que reducen la factura de los combustibles fósiles. El objetivo recomendable, no obligatorio, que se ha impuesto la UE es alcanzar el 20 por ciento de este tipo de energías en 2020. La no obligatoriedad hace pensar en un nuevo fracaso, como el de los acuerdos de Kyoto; esperemos que no. Lo que sí es obligatorio es el uso de agrocarburantes. Los carburantes de 2020 deberán tener un mínimo del 10 por ciento de producto obtenido del campo. Pero ¿qué efecto puede tener sobre el sector primario?
Si como consecuencia de este cambio, los productos destinados a alimentación suben de precio, en las siguientes campañas los agricultores reorientarán su producción, como siempre han hecho. El incremento de demanda es una buena noticia para el sector, que provocará un aumento de la producción, una subida de precios o, lo más probable, una combinación de ambos efectos. Pero lo normal es que en un mercado mundial, con hipotéticos buenos precios, aumenten las producciones y el mercado se autorregule.
Una buena alternativa es el aprovechamiento del resto de la planta para uso no alimentario, dejando el fruto para piensos o consumo humano. Esta línea de investigación está abierta y si los resultados son satisfactorios, se podría conseguir maximizar la rentabilidad de las explotaciones agrícolas, contener el precio de los piensos y abaratar el coste de los futuros agrocarburantes.
El gran problema, todavía sin resolver a pesar de la buena voluntad de políticos y profesionales del sector, es la garantía de uso de la materia prima europea. Algo muy demandado, para lo que todavía no hay una herramienta administrativa eficaz. Los contratos previos, de carácter obligatorio, son una solución a corto plazo. Ya veremos si el libre mercado y los bajos precios en estados terceros son una tentación demasiado fuerte para esta industria emergente, la primera interesada en que los precios de la materia prima no se disparen.