Las autoridades de Marruecos reaccionaron con mano dura a los atentados de Casablanca en 2003, se apresuraron a aprobar una nueva ley antiterrorista y pusieron en marcha un vasto dispositivo bajo el que fueron detenidas varias miles de personas. Abdelfetah Raydi, el joven que en la noche del domingo se inmoló en un cibercafé de esa ciudad sin causar más muerte que la suya fue una de ellas.
Raydi fue acusado de pertenecer al movimiento conocido como Salafía Yihadía (salafismo combatiente), una rama radical del islam que justifica el uso de la violencia y empuja a sus seguidores a la yihad (guerra santa). La Justicia le condenó a cinco años de cárcel, pero en noviembre de 2005, con 20 años, quedó en libertad por una medida de gracia de Mohamed VI.
«¿Cómo es posible? ¿Cuántos como él habrán sido puestos en libertad?», se preguntaba una vecina de Rabat en referencia a esos indultos que benefician al año a miles de presos.
El joven salió de la prisión de Ukacha (Casablanca), donde había convivido en los meses anteriores con otros detenidos por la nueva ley antiterrorista. En la capital económica de Marruecos, de más de cuatro millones de almas, con decenas de suburbios y barrios de chabolas, Abdelfetah no encontró ni trabajo, ni casa ni una familia con la que convivir.
«Era un vagabundo más. Sus padres estaban separados, no tenía un sitio donde ir ni una ocupación. Salió de la cárcel sin nada. Y esto es un problema, como para muchos otros jóvenes como él», explica Abderrahim Muhtad, un antiguo condenado a muerte erigido en portavoz de los presos islamistas al frente de la asociación Enassir, al tiempo que condena lo que hizo Raydi.
Muhtad entabló contacto con el kamikaze cuando fue encarcelado. «Solíamos hablar por teléfono, pero a partir de noviembre de 2005, cuando salió en libertad, casi dejé de saber de él», dice.
Caldo de cultivo
Para algunos especialistas en radicalismo islámico, como el profesor Mohamed Darif, éste es muchas veces el verdadero caldo de cultivo del integrismo. Jóvenes desarraigados que caen en manos de ideólogos y cabezas pensantes que les prometen el paraíso si cumplen bien su obligación de combatir al impío.
Así lo entendió este joven que se inmoló el domingo en un cibercafé cuando, al parecer, recibía las últimas instrucciones a través de internet sobre dónde debía atacar. El dueño del establecimiento fue quien dio la voz de alarma y llamó a la Policía, lo que precipitó la explosión. En la prensa era tratado ayer como un 'ciberhéroe' que evitó daños mayores.
Los yihadistas están haciendo su agosto con los cibercafés. Gracias a internet han creando una gran red mundial desde la que dar órdenes de manera discreta, fácil y barata. Ahí está todo. Desde soflamas contra Occidente, cristianos y judíos hasta verdaderas enciclopedias sobre explosivos, uso de armas o preparación de atentados. En conflictos como la guerra de Irak, además, el impacto mediático de la red está siendo demoledor para atraer a nuevos fundamentalistas.