NO hay arenas más movedizas que las líneas fronterizas. Basta estudiar cómo el pantano de la historia se ha ido tragando un imperio tras otro, incluso aquellos en los que no se ponía el sol. Lo desagradable de esta historia es que ha obedecido a intereses de unos pocos que sacrificaron a muchos en su nombre. El mapa del mundo y sus permanentes desguaces y reconstrucciones es un arbitrio cartográfico de los ingenieros de la guerra o sus señores.
A los peones del tablero, les ha tocado, cuando más, su patio particular; y cuando menos, el traspatio de la emigración, situado al otro lado del vecindario nacional.
Los españoles hemos sido un pelotón abundante que se ha buscado la vida más allá de los Pirineos y en tierras ultramarinas. Con maletas de cartón y sin papeles. Apenas si comenzamos a presumir de nuevos ricos hace dos décadas. Pero se nos ha subido enseguida el vino etiquetado a la copa del árbol genealógico. Y patriótico. Hay una proporción de compatriotas que ha recuperado las ínfulas y no compartiría mantel con linajes impuros, no fuera a ser una merienda de negros.
Lo peor de los nuevos ricos no es su falta de memoria o la ignorancia del mundo, sino su pobreza de espíritu.