Unas escaleras de madera empleadas por los inmigrantes subsaharianos y del Magreb para saltar la valla de Melilla han sido rescatadas por el artista Francisco Clavería para dar la bienvenida a la muestra. Hacen las veces de puerta hacia unas salas que retratan las dos caras de una misma moneda. Que hablan de emigrantes españoles en América, Europa e incluso dentro del propio país y sobre inmigrantes llegados desde África, Asia y América a la península. 'De la España que emigra a la España que acoge' es el título de la exposición que ayer abrió sus puertas en el Centro de Cultura Antiguo Instituto en la que es ya su sexta parada desde que se estrenara en el Círculo de Bellas Artes de Madrid el pasado año.
La Fundación Francisco Largo Caballero ha querido poner a España ante el espejo con una muestra en la que se entremezclan billetes de barco y avión, cartas y permisos de trabajo, españoles haciendo las américas y latinoamericanos buscándose la vida en España. Dos años de trabajo fueron necesarios para seleccionar los más de 400 documentos y fotografías que se muestran -algunos de archivos asturianos como el Museo del Pueblo de Asturias y el Archivo de Indianos- con un ánimo que Antón Saracíbar resumió ayer a la perfección en una frase: «Superar la desmemoria que nos impide reconocer en la latinoamericana que hoy nos limpia la casa a la chacha española del París de los años sesenta».
Los motivos que impulsan a emigrar no distinguen entre el ayer y el hoy. La búsqueda de una vida mejor y de la libertad son las razones y las formas, muchas veces ilegales, son parecidas también entre el pasado y el presente. María José Millán, la comisaría de la exposición, lo dice con claridad: «Hemos querido seguir la experiencia vital de los emigrantes y al mismo tiempo desmentir algunos tópicos». Son muchos los que piensan que la emigración española del pasado se hacía en condiciones de absoluta legalidad, cuando, tal y como apunta Millán, el 50% de los que se iban lo hacían sin papeles. Hubo, incluso, 'pateras' españolas llegadas a Venezuela con españoles que viajaron desde Canarias. Y sobre ellos se repetían otros mil tópicos una vez instalados en el país de acogida: «Se decía que si eran ruidosos, que se juntaban y vivían todos en la misma casa, que no se integraban, que sólo querían bailar...», relata la comisaria.
Baúles, permisos de trabajo, pasaportes y cartas a la familia sirven para recuperar ese pasado que se convierte presente cuando la muestra se adentra en España como país de acogida. Las vitrinas se llenan con los mismos enseres y los mismos símbolos de la añoranza. Se muestran ediciones del Corán del Centro Islámico Español, un tapiz ecuatoriano, unas esculturas dominicanas y hasta las cartas que Sonia Beatriz Cepeda recibió en 2000 de su hijo: «Mamita, te escribo esto con mucho amor y quiero contarte con cariño que no te preocupes», dice el crío. Hay una guía de primeros pasos para inmigrantes editada por la Comunidad de Madrid, hay documentos que deniegan la convalidación de un título, hay toda una realidad que hace años vivieron los españoles.
El presidente de la Fundación Largo Caballero ofreció ayer los datos que España olvida: entre 1882 y 1935 emigraron 3,5 millones de españoles a América, la mayoría asturianos y gallegos; durante la Guerra Civil, medio millón; entre las décadas de los cincuenta y los sesenta, la emigración interior del campo a la ciudad movilizó a cinco millones; tres más se fueron en los sesenta y setenta a Europa, fundamentalmente a Francia, Bélgica, Suiza y Alemania. Ahora en España viven 3,8 millones de inmigrantes, el 8,5% de la población.
Buenos propósitos
Los buenos propósitos para trazar un futuro mejor de Antón Saracíbar fueron secundados ayer por el nutrido grupo de autoridades que asistió a la inauguración. A saber: el consejero de Justicia, Francisco Javier García Valledor; la alcaldesa de Gijón, Paz Fernández Felgueroso, y el delegado del Gobierno en Asturias, Antonio Trevín. Escuchando sus palabras, un buen número de emigrantes. Y entre ellos, José Huergo, que hace 54 años dejó el Alto de la Madera y se fue en barco a Brasil. Allí sigue viviendo y aquí recibió la medalla de honor de la emigración, que se expone en la muestra. Él, como muchos, no ve las cosas como se retratan en ella: «Yo creo que cuando nosotros emigrábamos era diferente, que lo que está pasando ahora en España es una invasión».