No está Schumacher, pero Ferrari levanta el dedo como primer favorito para ganar en Australia, dominar la temporada y acabar con el monopolio de Alonso. Por un lado viaja la leyenda del siete veces campeón, depositario ahora de tiempo libre, lo que le ha faltado durante años. Schumacher ha practicado la escalada en roca, se ha dado el gusto de bucear entre ballenas y viajar con su mujer y sus hijos por el mundo mientras percibe un salario de seis millones de euros de Ferrari por descolgar el teléfono y lucir como asesor espiritual. Y por otro lado, asoman las urgencias actuales de su escudería, desmantelado el núcleo duro de sus años triunfales, pero con poso suficiente para ser considerada favorita a todo en el Mundial.
Por encima de los resultados, de la interminable cadena de títulos, de los seis mundiales de marcas y cinco de pilotos, Schumacher ejercía como faro de un transatlántico. Un motivador. Su imagen en Suzuka después del humo blanco en el Ferrari, consolando uno por uno a mecánicos, ingenieros y auxiliares de todo pelaje y condición en el garaje de la derrota ante Alonso, simboliza lo que hubo. Comunión, sinergia, buen rollo en pos del triunfo.
«Soy egoísta en la pista y un tipo majo fuera de ella. ¿Por qué debería hacerles regalos a los demás en la pista?», dejó como legado el alemán en una entrevista en 'F1 Racing'.
Sin Schumacher, Ferrari es favorita. Lo es porque este deporte (o lo que sea) transpira por la pila de millones que se mueven en investigación, desarrollo y pruebas. Y en eso nadie gana a Ferrari y su patrocinador principal, Philip Morris (Marlboro). Todos los equipos utilizarán este año los neumáticos Bridgestone que la escudería italiana consumió en 2005.
Lo que será experimental para los demás, para Ferrari será el menú de cada día. Por ahí arranca su ventaja: el conocimiento de la parte fundamental de las carreras de hoy en día, la fusión del coche con los neumáticos.
Ferrari ha cambiado a todo su equipo técnico y sólo queda al frente el hombre corporativo, Jean Todt. Pero en la renovación ha establecido una interesante dualidad: la lucha de poder entre Kimi Raikkonen y Felipe Massa. Dos mundos.
El finlandés es talento indolente, una centella al volante que pregunta a qué hora son los entrenamientos cuando desde hace años nunca han cambiado su horario. El fichaje estrella, el mejor salario de la parrilla, el señalado por Schumacher. Pero el brasileño enseña más ambición, más hambre. No tiene nada de dócil. Ya ganó dos carreras en 2006 y ha sido el mejor en la pretemporada. Bernie Ecclestone, el dueño del negocio, incentivó su ego cuando aseguró que es el gran favorito para el título.