Los alumnos de Manuel Martínez Blanco tenían que escribir en un cuaderno todo lo que hacían al cabo del día. Cada noche, releían su jornada; veían los episodios buenos y malos que habían protagonizado. «Lo hacía para que reflexionáramos sobre cómo éramos, cómo nos portábamos. Para él era muy importante hacernos pensar, formarnos como personas. Lo primero que ponía en la pizarra por las mañanas era 'Educación y buenas costumbres'», recuerda Juan Fernández Álvarez, que conoció al que sigue llamando «don Manuel» cuando era un chaval de 12 años.
Él y otros discípulos del educador presentaron ayer 'Liber Alumnorun II. Maestro Don Manuel Martínez Blanco', un texto dedicado al docente, que el pasado mes de setiembre cumplió 100 años. «No puedo imaginar mejor regalo de cumpleaños para un maestro que un libro», decía ayer emocionado José Ángel Martínez, hijo del homenajeado, en el salón de actos del colegio público que desde hace 30 años lleva el nombre de su padre. Ángel Justo Acebal tenía 10 años cuando llegó a la clase de Martínez Blanco, «recién terminada la Guerra Civil». Entonces daban las clases en Bomberos y luego pasaron al Humedal. «Él era un maestro distinto. Un día nos llevó de excursión al Pico San Martín, una novedad. Hacíamos turnos para mirar por los prismáticos. Uno de los niños dijo que él iba a mirar menos para que los demás tuvieran más tiempo, y don Manuel le dijo que mirara cuanto quisiera, como premio a su humildad», relata Ángel Justo. No es el único que atesora anécdotas de este tipo, de las que está plagado el libro-homenaje publicado por los discípulos de Martínez Blanco.
«Yo soy de Muñera, una aldea de Laviana y en 1945 vinimos a Gijón. Aunque mis padres eran maestros, quisieron que me diera clase don Manuel. Mirando con perspectiva, veo que él tenía dos preocupaciones: formar personas responsables y serias y buscarles un futuro a esos alumnos. A muchos les encontró trabajo», cuenta Pedro de la Iglesia, doctor en Ingeniería Industrial. Él se fue a estudiar una carrera a Madrid, pero muchos de sus coetáneos se quedaron en Gijón y encontraron empleo gracias a la recomendación de su profesor.
«Una oficina del INEM»
A Orlando Moratinos, coordinador del libro publicado, le consiguió un puesto en Hidrocantábrico. «Don Manuel iba más allá de la enseñanza reglada, porque enseñaba inglés, mecanografía, contabilidad, daba clases nocturnas de comercio... Materias que se salían del programa e iban encaminadas a asegurar el porvenir de los chicos; su recomendación era una garantía para los empresarios, era como una oficina del INEM», bromea quien fuera su alumno en 1964, en el Grupo Escolar Jovellanos.
Ángel Justo Acebal también consiguió trabajo gracias a su maestro, que lo metió en la Caja de Ahorros. Pero no sólo buscaba empleos, también invitaba al desarrollo personal. «Eran unos tiempos muy duros, a veces tenías que empezar a trabajar a los 14 años para llevar dinero a casa. Pero él nos enseñó que no había nada imposible, que siempre podíamos mejorar», rememora Juan Fernández.
«Maestros así ya no quedan», añade Juan Jordán García, que aún recuerda el sabor de las manzanas de la pumarada de su maestro. Estaba cerca de Mareo, en La Pedrera, dice Jesús González, y el profesor invitaba allí a final de curso a sus alumnos, como premio a su esfuerzo.