Sábado, 17 de marzo de 2007
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SOCIEDAD Y CULTURA

LA MIRADA CRÍTICA
El analista artístico
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La celeridad que nos rodea afecta de manera muy especial a los ámbitos culturales, donde la labor de un analista artístico es, cuando menos, compleja. En este trabajo, si hay honestidad no hay descanso, porque las cosas evolucionan e involucionan sin tregua. Es preciso adaptarse al circuito, a sus causas y sus consecuencias.

Sin embargo, en este trabajo también hay valores que prevalecen y se perpetuan en el tiempo. En el verano de 1978, durante el Congreso 'Crítica 0' que se desarrolló en Montecatini (Italia), se plantearon interesantes valoraciones sobre la labor del crítico de arte que tres décadas después mantienen su vigencia. Obligado a ese periódico replanteamiento de intenciones, he querido repasar estos días aquellas tesis para aprender un poco más de ellas. Ya entonces, Georg Jappe señalaba un problema insalvable en esta encrucijada: la oferta de críticos suele ser muy superior a la demanda. Eso, por desgracia, suele fomentar el localismo y la falta de profesionalidad. «Como consecuencia» -decía Jappe- «los críticos están muy mal pagados y tienen que ejercer actividades secundarias en lugar de hacer viajes informativos y formar una mejor base teórica».

La crítica independiente es casi una función de fe, solitaria y comprometida, que en los albores del siglo XXI parece inexistente. Muy al contrario, hoy prevalecen los agentes comerciales, los 'curadores' y los macro-comisarios que disparan pistolas invisibles, pero tremendamente dañinas. El crítico actual suele ser un mercenario escasamente dependiente, un «chico de los recados», sospechoso para el artista y para el espectador; objetivo del galerista, del gestor cultural y del empresario con veleidades.

No es fácil ser fiel a principios 'puros', ajenos a esa fiebre mercantilista, pero hay que intentarlo. Sólo el tiempo da o quita razones. La continuidad y el compromiso es la objetivación relativa que el crítico debe cosechar en su campo de trabajo, porque sin fe en los propios métodos jamás tendrá credibilidad. El crítico debe ser 'subjetivo', tratando de 'objetivar' esa elección con argumentos regados por el conocimiento, el entusiasmo y la experiencia. Eso implica defender el arte actual no sólo frente a los ciudadanos conservadores, los estrategas sociales y los políticos, sino también frente a muchos artistas dogmáticos que protagonizan y lideran todas estas causas.

 
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