Parece que en los últimos meses Santiago Lara (Tomelloso, 1975) ha destapado el tarro de sus esencias, tras presentar el pasado otoño una buena exposición en la galería ovetense Dasto y ahora otra aún mejor en la Casa de Cultura de Avilés, donde ha podido exhibir cuadros más rotundos y mayores formatos.
Decíamos hace tiempo que la obra de este joven pintor es reflexiva, rebelde y casi traumática, habitada por la inquietud, por congojas, que replantean cuestiones mundanas, haciéndose preguntas para buscar respuestas, entre la metafísica, el surrealismo y la crítica social.
Todo ello lo consigue mediante escenografías delirantes, equilibrios de raíces oníricas que aprovechan referencias temáticas amigas del misterio, que inunda cada lienzo. Entre la tradición y la renovación, bajo cierta alegría 'pop' y un sarcástico expresionismo que se nutre de irónicas imágenes, bebiendo de Daumier, Munch y Solana, pero también de Hopper y de Richter, con lecturas inteligentes que alternan los registros simbolistas y narrativos fragmentando situaciones y llenándolas de fantasía. Buen dibujante y eficaz colorista, Santiago Lara sabe alterar lo doméstico abandonando lo informal para dar una forma cada día más singular a sus realidades.