Al principio siempre existe algo de incertidumbre. Sabemos que los castillos están ahí, sobre las montañas y riscos de Asturias, donde fueron construidos en Edad Media. Sabemos que algunos topónimos como El Castiello, El Castro, La Atalaya, Las Cárcavas, La Cerca o La Torre nos informan de su posible presencia. Y siempre están los moros y sus ayalgas, que han despertado tradicionalmente la imaginación de las aldeas, suscitando que los más atrevidos, los ayalgueros, revuelvan en la tierra para buscar las riquezas perdidas. Pero, ¿lograremos hallar sus estructuras?, ¿han permanecido en pie una parte de las murallas, de los torreones o de las dependencias internas de la fortificación?
Esa incertidumbre también se percibe los primeros días de nuestra intervención en el Peñón de Raíces, denominado en el siglo XIX 'El Castiello', cuando escondía, no puede ser de otra forma, los legendarios tesoros de un rey moro y un becerro de oro.
Bien es verdad que los trabajos han comenzado mucho antes y han requerido un paciente análisis de la documentación escrita y material, del propio Peñón y de los vestigios materiales que podemos encontrar en la superficie.
Durante las primeras semanas se ha llevado a cabo el desbroce de la maleza que ha crecido masivamente durante los años de abandono, ocultando los muros. También se ha topografiado el yacimiento, dividiéndolo en cuadrículas que permitirán registrar metódicamente cada hallazgo.
Por otra parte, algo empuja desde un inicio los trabajos: en los años 70, el profesor Vicente José González García realizó unas primeras excavaciones y fue el primero en atestiguar la presencia de estructuras del castillo. Luego llegaron 30 años de olvido y ahora se hace necesario recuperar todo lo excavado para no perder esa información y, sobre todo, para interrumpir la ruina progresiva que devora los muros.
Así pues, limpiamos, excavamos, refrescamos los cortes para lograr las primeras estratigrafías, la sucesión de niveles que oculta en la tierra la historia del lugar y acondicionamos de nuevo las zonas sondeadas en aquellos años. Los resultados no se han hecho esperar y reafirman lo ya conocido: que el castillo de Gauzón está allí esperándonos.
Los primeros trabajos se centran en la plataforma superior. En el ángulo SE aparece la muralla que envolvía la acrópolis o zona alta del castillo y que en muchos tramos conserva más de dos metros de altura.
La fábrica es poderosa y emplea grandes bloques de piedra o sillares bien tallados y cohesionados con argamasa, el viejo mortero de tradición romana. De esa muralla parte un gran bastión exterior que defiende uno de los accesos. En otras zonas del Pico Alto podemos documentar las distintas dependencias, las habitaciones del castillo, que cuentan en algunos casos con suelos de mortero.
En los últimos días hemos procedido a realizar sondeos en zonas no conocidas hasta la fecha, localizando la muralla septentrional, que conserva una importante altura. Todo ello se documenta con fotografías y dibujos, al tiempo que se recogen los materiales arqueológicos, entre los que destaca hasta el momento abundante cerámica medieval.
Es un comienzo muy esperanzador. En las próximas jornadas abriremos un nuevo sondeo en la plataforma inferior, un sector virtualmente desconocido en el que se adivinan estructuras de notable fuste. El castillo de Gauzón vuelve así a la vida.