En Laboral no hay un sólo marco. Sin embargo, los ordenadores se cuentan por docenas. Ellos ordenan y mandan el arte que se se cuelga no en paredes sino en la red, que se proyecta, que se escucha, que se dibuja con inventos tecnológicos, que se juega y que hasta se calza. Cuatrocientas personas ocupaban ayer el inmenso edificio del Centro de Arte y Creación Industrial, aún con plásticos sobre la moqueta azul de la exposición 'Gameworld', aún colocando libros sobre las vitrinas de la 'Labshop', aún con las máquinas abrillantando el suelo. Limpiadores y artistas, técnicos de luz y sonido y obreros componían ese otro arte más cotidiano que consiste en acabar a tiempo: «¿Qué si estoy nerviosa? ¿De qué sirven los nervios?», dice Rosina Gómez-Baeza, la directora del centro, mientras observa un pájaro que se ha colado en la recepción y ve cómo la tienda diseñada por Patricia Urquiola toma forma. «Esto se llama Laboral porque se labora», dice Seve Penelas, de la empresa Cataclismo, encargada de seleccionar los 750 títulos que ofrece la librería-tienda.
Se labora y se montan exposiciones que verá la ministra de Cultura, Carmen Calvo, durante la inauguración oficial prevista para esta tarde, y que mañana estarán ya al alcance de todo el público en general. Son tres. Y las tres sorprendentes.
'Feedback' es quizá la que ocupa un mayor espacio y ofrece propuestas artísticas más dispares. Como el diálogo entre ordenadores importado desde Toronto e ideado por David Rokeby. No está el canadiense en Gijón, pero sí Lewis Kaye, su ayudante, y encargado de instalar las siete pantallas que escuchan y hablan. Una oreja aparece en pantalla y el artista -y también el público- puede hablar al ordenador, que a través de ese estímulo inicial comenzará su charla con el resto. En ocasiones, al tiempo; en otras, las frases de cada pantalla son independientes. Lo que dicen -en inglés- no tiene sentido, pero es «muy elegante y poético», es una suerte de «meditación» sobre la inteligencia de las máquinas, sobre que esos ordenadores con los que ahora se hace arte «tienen su propia forma de pensar».
Las pantallas hablan en inglés y los huéspedes de Laboral en el final de la cuenta atrás, también. En el mundo de los artistas es, sin duda, la lengua oficial de unas Naciones Unidas en las que está representados Estados Unidos, Finlandia, Austria, Gran Bretaña...
De Inglaterra, Manchester para más señas, es Paul Sermon, un artista que ha viajado a Gijón con su hija Silka y con la cama a cuestas. Son dos colchones, varias cámaras y unos pantallas de vídeo las que obran el milagro de la comunicación corporal sin llegar a tocar al otro más que de forma virtual. En 1992 presentó Sermon en Finlandia este proyecto, en el que dos camas situadas en distintos espacios del centro de arte permiten que sobre el colchón se unan las figuras de quienes descansan en una y otra. «Hay que usar el cuerpo para comunicar», dice Sermon mientras acaricia virtualmente a su niña.
No muy lejos de las camas de Sermon, una pareja de entrañables abueletes parece desubicada entre tanta vanguardia tecnológica. Nada más lejos de la realidad. Roman Verostko y su esposa y ayudante, Alice K. Wagstaff, presentan en Laboral el arte algorítmico. «Yo compongo instrucciones para dibujar», dice el artista afincado en Minnesota mientras muestra su ordenador y una suerte de impresora de la que salen esas composiciones, ese «lenguaje visual» que ha inventado un hombre que pintó de forma manual hasta hace veinticinco años y que ahora se sirve de las nuevas tecnologías para crear propuestas artísticas diferentes.
Caminos y disparos
Y distintas e innovadoras son las ideas de 'Ciberespacios', la muestra inaugural que beca proyectos pensados para internet y llegados de medio mundo. Entre ordenadores y calzado tecnológico estaban ayer Beloff, Berfer y Pichlmair, que llegan desde Finlandia y Austria con 'Seven mile boots'. Cualquier visitante puede ponerse sus botas y caminar por internet, tal y como explica Laura Beloff, la finesa del grupo. Tras ellos, hay nada más y nada menos que 10.000 ovejas y algún que otro lobo en el inmenso panel de 'The Sheep Market', una obra de Aaron Koblin, un estadounidense que se valió de «trabajadores on line» para hacerse con todos esos trazos que ya son arte.
Los ordenadores están por todas partes y son los reyes en las salas de 'Gameworld', la exposición que rinde tributo al mundo del videojuego y en la que una pared de los antiguos talleres de la Laboral que une y separa distintas alturas se convierte en la pantalla gigante para matar marcianitos. Allí mira su ordenador Douglas Edric Stanley, un californiano de Silicon Valley afincado en Francia que ha hecho del disparo contra los «space invaders» de los ochenta toda una diversión. En setiembre de 2001 ya colocó aquellos primeros y primitivos marcianos proyectados sobre edificios de Marsella a los que el público podía disparar. Desde hoy, los visitantes de Laboral podrán hacer lo propio sobre la pared con tan sólo apoyarse sobre la barandilla y disparar con el dedo.
Ayer todavía no funcionaba. Todavía faltaban cabos por atar. Todavía andaba una grúa metida en plena sala de arte llegando a lo más alto de la pared que hoy se estrena. Ayer había mucho trabajo pendiente, pero pocos nervios. Vicente Matallana, que ha trabajado en numerosas ocasiones en Arco junto a Rosina Gómez-Baeza, estaba tan tranquilo como su jefa. ¿Se terminará a tiempo? «Sí, además, ¿sabes lo que digo yo siempre? que aquí no salvamos vidas».