Con una fiesta tan multitudinaria como inesperada, envuelta en buenas viandas y mejor vino y condimentada con el teatro de altura de los franceses Retouramont, música creada para el momento por Ramón Prada y luz capaz de hacer de una plaza el mejor escenario. Así inauguraron ayer formalmente el presidente del Gobierno asturiano, Vicente Álvarez Areces, y la alcaldesa de Gijón, Paz Fernández Felgueroso, la Ciudad de la Cultura «y el conocimiento», en añadido emocionado de la regente gijonesa.
El acto, que en honor a la verdad no ponía en marcha más que un concepto acuñado con varios sueños, un gran presupuesto y el trabajo de cientos de personas -pues todo lo que está en marcha lo estaba antes de ayer y lo que aún queda por hacer le queda tiempo para estar hecho- hacía, sin embargo, de notario oficial de un adiós definitivo. Atrás queda ahora para siempre «el aislamiento histórico» al que se vino sometiendo a la ya extinta Universidad Laboral, por cuestiones de asociación inevitable con el pasado que se quiere olvidar.
Cuestiones que recordó la alcaldesa en su discurso y de las que ya no hacen memoria los escudos franquistas que siempre se asomaron desde el balcón del teatro a la gran plaza del conjunto arquitectónico de Moya. Ayer, ya escondidos tras señas del Principado, fueron testigos mudos del anuncio de lo que le queda por delante al inmenso lugar. Un futuro que pretende producir, fomentar, formar y hacer disfrutar de la cultura y del desarrollo económico que genera, en palabras de Álvarez Areces.
Y para dar el aviso de los nuevos tiempos, se utilizó ayer una gran coreografía de inauguración. Primero, tras cortinones rojos, cerrando la vista y el paso del patio corintio, recién cubierto con cristal y hierro de reminiscencias fabriles, a la plaza. Después, tras levantarse el telón y sonar el primer aplauso como saludo al nuevo destino, la celebración pasó a la glorieta desde la que parten todos los nervios de la nueva ciudad y del viejo edificio.
Allí sonó como regalo sorpresa la música de Ramón Prada, autor de grandes sinfonías como 'La noche celta', que compuso especialmente para este día 'Laberture', una pieza de diez minutos, que mezcla en su especial estructura música electrónica y clásica, y que él mismo interpretó a los teclados, acompañado por la soprano Paula Lueje, que dio cuenta con su voz de la magnífica acústica de la nueva ciudad. María José Hevia, Elena Pérez, Luis Campa, Roberto Morales y Elena Miró componían con ellos el círculo del concierto, que también llevaba mensaje en el último verso: «¿Ahora, pobre corazón, olvida el sufrimiento. /Ahora todo, todo ha de cambiar».
Puertas abiertas
La música, que sonaba desde el pórtico de la iglesia, dio paso a las palabras de las autoridades, justo al otro lado de la plaza. Una plaza a la que se podrá acceder, a partir de mañana. Realmente la apertura de la Ciudad de la Cultura adquiere su primer significado con las miles de visitas que se esperan estos días. Hay ya más de tres mil reservas para las primeras jornadas de puertas abiertas, gracias a las que se podrán recorrer por unos días los espacios renovados, desde la iglesia a la magnífica biblioteca, los talleres de FP, la Escuela de Teatro, el paraninfo, al que le falta varios toques tecnológicos para funcionar al cien por cien como sala de encuentro y de cine, y, por supuesto, el Centro de Arte, que hoy también se une al gran entramado urbano cultural. Al culminar los discursos inaugurales, comenzó el teatro y la luz inundó todo el recinto. Guiados por Rafael Rojas, ya en su papel de director artístico de Laboral Escena, una de las bailarinas francesas se dejó caer desde la cúpula de la iglesia sobre la plaza. El resto de la compañía le siguió dentro del templo con su coreografía espectacular.