«Estaba morado, ya en blanco». Juan Fernández tiene 46 años y es pescador, pero ahora siente un escalofrío cada vez que recuerda la mar. Sus 26 años de dedicación a la pesca no le sirven ahora para mantener a raya los nervios cada vez que piensa en las tres horas que permaneció en las aguas del Cantábrico agarrado a una boya, con claros síntomas de hipotermia y pensando «ya no sé ni en qué», antes de ser rescatado por unos compañeros de faena.
Ayer descansaba en su casa de Figueras, rodeado de sus familiares y allegados. Intentando recuperarse de un susto «que tardará tiempo en pasar». «Fue un milagro. Cinco minutos más y me muero en el mar», comenta pensativo y visiblemente emocionado.
Su pequeña lancha de 6,5 metros de eslora volcó por efecto de un golpe de mar justo cuando Juan recogías las nasas del pulpo. Todo ocurrió poco después de las ocho de la mañana. «Por suerte» pudo agarrarse a una boya «de esas que llevas en la lancha por si acaso». Y ésa fue su salvación. Así estuvo tres horas hasta que dos pescadores avistaron a Juan. «Me cansé de pensar. Se me pasó todo por la cabeza. No sé cómo aguanté tanto». Su aventura, dice convencido, fue «un milagro».
Hasta ahora, Juan Fernández no había tenido ningún percance en la mar y menos desde que hace nueve años decidió dedicarse en exclusiva a la pesca de bajura. Ni él lo había tenido, ni tampoco en la zona se conocía un suceso similar. «Parece mentira que a uno pueda pasarle esto», reflexiona. Juan, que no tiene reparo en decir que conoce esta profesión, suele ir solo a pescar porque el trabajo se ha convertido en una afición y porque «por dejadez y por necesidad todos hacemos lo mismo».
Cerca de Penarronda
El pasado viernes por la mañana se levantó temprano, como de costumbre, y preparó todos los enseres para una jornada más de trabajo. De esas de las que se presentan a diario y de las que «esperas siempre lo mismo». Sabía adónde se dirigía, lo que iba a hacer, el estado de la mar. «Pero nunca se sabe lo que te depara el futuro», relata sentado en la cocina de su casa de Figueras.
Se encontraba a dos millas y media del puerto de su pueblo, cerca de la playa de Penarronda (El Franco) cuando le sorprendió la mala suerte.
Recapitulando, Juan Fernández asegura que su labor no es arriesgada y que las predicciones del estado de la mar no apuntaban ese día riesgos. Por eso salvó la vida, porque fue avistado por dos compañeros de trabajo -Juan y José Vila, dos hermanos de Tapia de Casariego- que faenaban en la misma zona. Ellos se percataron de la presencia de la boya. Primero no le dieron importancia: «Normalmente se deja en el mismo sitio para tener ubicado el lugar de un aparejo perdido», comentó Juan Vila. Pero pronto se dieron cuenta de que el artilugio de pesca parecía vagar a su suerte, «algo que no es habitual», añade. «A los cinco minutos se había movido mucho y eso fue lo que nos alarmó». Después, avistaron parte del cuerpo de Juan Fernández. Poco después rescataban al pescador con una hipotermia que no le permitía «ni moverse». «Ahora recapitulas todo y todavía te sientes impresionado y hasta mal», reconocía ayer Juan Vila.
Pese a ello, no lo estaba tanto como Juan Fernández. En su casa, el pescador recordaba sus esfuerzos por llegar a la orilla, la extenuación de su cuerpo y un frío intenso que, pese a todo, no lograron arrebatarle la vida. Una noche en el hospital de Jarrio, aunque sin pegar ojo, le sirvió para reponerse.
Ahora, continuará un tiempo con la recuperación -sobre todo emocional- en casa, rodeado de su familia. «Pasé mucho miedo. Seguiré trabajando, pero con más precauciones. De momento, no se me va a olvidar más el salvavidas», explica antes de subrayar contundente: «Ahora creo que los milagros existen».